viernes, 26 de diciembre de 2014

Bermellón

I
Cada día te quiero más; tengo la seguridad. Y no sé muchas más cosas: no sé si me quieras, no sé si vuelva a verte pronto, no sé si te interese mucho volverme a ver. Y me carcome, y me carcome, un poco, tu ausencia; pero no importa porque cada día te quiero más. A ese tú grisáceo que tengo como en la nuca en las tardes: cuando hablo de nimiedades, cuando acaricio el gato, cuando estoy comprando el pan; siempre tú ahí. Tú, tú,  tú.
Ese tú que está dentro mío a la manera de una de esas cosas como lagartijas pegajosas que se pegan: tú, entre mi nuca y el medio de mi espalda, adherido siempre como un gheko azul. Y cambias conmigo: lo que me dijiste se va borrando, y quedan manchones. Y como sé lo que piensas de algunos temas porque hablamos mucho y vi tus ojos de perro hacer esos gestos y cómo tirabas los  labios más de lo normal en ciertas palabras,  lo sé. Y hablo contigo, siempre. Y discuto, siempre discuto: tú, díscolo; tú, jugando y hurgando en esas penas mías con tu tacto de mano violeta incluso cuando no estás.
Y ese tú muta, y sé que está dentro mío y sé que me gusta; lo sé. Y hablamos en mis recovecos: sentados en la micro, caminando a una hora que nunca hemos compartido, en una once inventada en mi balcón. Y sé que ése es el que brota y tiembla mi semblante cuando música de un piano escucho y siento que ardo de amor. Y tú, tú eres ahora del que quiero ser copista; tú, hablando de tus temas propios —algunos, como dije, los recuerdo; ya son míos—. Tú, tocando tu melodía y yo allí, mirándote la boca y los ojos de perrito y transcribiendo, haciéndote arte dentro mío. Y, ¿eres tú sólo dentro mío, o eres real?
Y es que hay dos tús. Uno gris plomo, como esos pantalones de señor que vendo en la tienda, y uno blanco, como la espuma del mar; creo que son siameses de la espalda, de esos que nunca se pueden tocar. Y uno mira a veces al frente, y hablo consigo, y el otro para atrás y no lo puedo ni ver. Y uno es borroso, como nube, y hablo consigo en mi cabeza; tú, del día a día siempre mi cadencia. Y me habla y sé que lo amo y sí, quiero tener consigo hijos cuando escucho al viejo tocar el piano en el camino, en las tardes. Y tiene esos gestos, definidos, que adoro y admiro, y es Lucien. Y hay otro, abrupto.
Que llega. Que brota. Que se mueve y yo no entiendo realmente qué. Que a veces se me cruza en el día a día: una tarde en la facultad; en un cumpleaños, que nos topamos. Tú, que me hablas a veces, y yo te hablo a ti. Tú, con muecas que no tengo asimiladas. Tú, con tu opinión sobre temas que no habíamos tocado. Tú, que hablándome de cerca eres como una anaconda que desde esa zona negra de la juntura entre las piernas hasta la cresta del cráneo me hace vibrar. No eres un gheko, serpiente negra. No eres una imagen en plena repetición: como esos mensajes, enviados en los sesentas al espacio esperando alguna respuesta alien, y que reverberan en la nada para siempre jamás.
Y no sé cómo juntarlos. Y sé cual vale más. Hay uno que veo, y yo siento, algo que no puedo escribir porque no me da el aliento. Y hay otro del que sí puedo hablar. El que es una parte de un largo proceso. Uno que me acompaña, día a día. Ay, Dios: qué vale más.

II
Y aún, ante la duda, no puedo frenar mi torrente de palabras. Ay, dos crestas de gallo, una arriba y una abajo. De un gallo bravo, grande, en el desierto. Y eso en la bolita de cristal —de esas baratijas navideñas, que agitas y vuela la nieve— de un magnífico dictante, o de un gordo antisocial  cuya vida se resume en ver tele desde la casa de su madre en San Javier. Y webea y webea, y no importa. Y webea y webea, sin más. ¿Y eso importa?
Hay un ser ahora, bífido. Hay un animal con la mitad dentro mío y la otra fuera, donde no la puedo mirar. Que se agita, ¡como la cola de un pescado siendo engullido! Y es ése, ese movimiento, el que me precipita hacia un sentimiento de estupefacción. Lo digerido, claro, me ha hecho pensar: tengo opiniones, imágenes creadas en la cabeza, maduraciones cual fruta en conserva; son moradas, verdes, azules: magníficas por el tiempo y la precisión de la depuración. Pero, planas: porque no brillan, porque están definidas; han sido quemados los extremos. Planas, porque no son fricción.
Y hay otra. Otra parte. Una que no veo. Una que se me asoma y parece que por la boca se me va a salir lo que estoy comiendo y todas las tripas que he acumulado: ¡porque la amo! Porque amo. Porque hay como un fruto rojo de cera de esa que no se come, de esa que no me deja adentrarla, de esa que siempre está saliendo y que siempre se va a vomitar: porque no es mía. Porque no es mía. Porque no es mía. Y no puedo hacerlo y es un juego constante y una persecución cada tarde para arrancar del cinturón del compañero el pañolín. Pero, no puedo hacerlo. Y es porque el pañolín es su cola. Y al tirarla me dice algo que no sabía. Y al tirarla me dice algo que no había pensado. Y al tirarla me hace vibrar.

Y al tirarla me hace vibrar. Y al tirarla como ninguna otra cosa me hace vibrar.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Purpúreo

Voy a una universidad, para un día trabajar y moverme en lo que yo quiero. Para entender, desde cierto prisma cual más ojo de águila que muchos otros. Para desenvolverme mejor, con un foco y un fin que me hagan feliz. Y, mientras, busco trabajo, en cualquier basura. Y llego a una oleada de entrevistas, cual abrasión. Y confío en mí: observo, persevero; siempre observo. Realmente soy capaz, lo sé. Nadie puede revocármelo ahora. Pero entro. Y me rechazan con las mismas pruebas que me enseñan que no sirven en la Universidad. Pero me rechazan… porque mi letra es de puntas, cual cataléptico respiro. Porque genero mares por las manos, a momentos, y el sudor chamusca el papel.
Y me dicen que no sirvo.
Y vuelvo a tener dieciséis y sonrío lastimero; siento que me hubieran disparado con un arco… Mis manos. Mis distintas manos: que tocan pieles, llenas de cariño sincero; que gestualizan, buscando transmitir mis impulsos: francos, y por ello contradictorios; como los de cualquier humano. Mis manos que antes se sentían solas, y a nadie tocaban. Y hoy se vuelen a sentir así…
Y vuelvo a ser Rogue: el impío, el distinto. Al que lo excluyen por razones de mierda: porque suda, porque toma raro el lápiz, porque le gustan los muchachos. Y que tiene un abrumo dentro; un quebranto solo. Y que sólo quiere auxilio. En la boca de otro: un respiro. Y que mueve las caderas, magnífico, en una danza a la espera, siempre sola. Y que suele abrir los ojos, ladeando el pescuezo, mirando un rostro. Esperando febril respuesta; ojalá fueran mis pestañas capaz de lanzar viento y de a los extraños hacerme mirar.
Pero no.
Estoy solo, un poco, quizá. Todos lo estamos. Y sí, añoro tacto. Aún. Han pasado años. Y es menos, pero aún.
Y me han ponderado. Dado un valor. Sacado indicadores desde un método pobre, para ver si útil soy. Y me dicen que no. Es estúpido; me ven por fuera. Sólo una cáscara; hay tanto de lo que soy capaz. Y
Y me pongo a odiar: a las empresas, a las mujeres con tacos; a los hombres paseando perros en el barrio alto. Y me pongo a maldecir a los que me han herido. El caldo primordial se voltea sobre mí y siento sierpes, ojos de sapo. Y bullo y, moviendo las caderas en la calle, al ritmo de la música de un pub, maldigo: “ustedes me dicen raro; ¿creen que mis puntas no tienen nada de poder?” Ustedes sabrán de lo que soy capaz.
Ustedes, con su mañoseo en la dicción que los hace hablar como idiotas –no crean que por tener más dinero son mejores; venimos de lo mismo, y ustedes no conocen bien a los que intentan imitar; yo sí, y no son como ustedes: que no observan, no ponderan, no esquematizan. Ellos tampoco lo hacen, pero no importa: no tienen a quién imitar.
Ustedes, que tanto insultan, tanto engullen y no sueltan, tanto pululan.
Ustedes, que los amo infinitamente y añoro su justicia y su felicidad.
Yo, que soy parte de ustedes. Yo, que sintiéndome ajeno, presto a llorar: a crear esquirlas de lo que ignoran, o fingen hacerlo, hermanos.
Yo, que me pongo a hilvanar, y creo versos de a partir de la mierda. Yo, que pinto y rejunto y hago cordeles, desde los que, con mis manos de almeja, a ustedes puedo tocar.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Cuando llegas
y te sientas
en tu casa
y, tu gato
-oh, tu gato-
y la trémula luz
de siempre
-desde niño; la lámpara que echó a perder tu mamá
y el hermano arregló;
lo único que queda
del antiguo hogar-.

Y ya estás libre:
el camino se acabó;
tanta gente
tanto sentimiento
tanta palabra
tanta defensa
tanto bombón.
Y ya no más:
terminaste
por fin;
lo lograste.

Y ahora aquí:
"mi gato y yo
yo y yo;
tanto proceso cerrado.
¿Es lo que quería, no?
Yo, solo.
Yo, otra vez.
Tanta herramienta nueva,
tanta muela caída,
tanto nuevo color.
Y heme aquí
solo otra vez.

La labia
-falsa, llana o serena-
la indefensión
-no más, no-
los cupidos
la promesa y el adiós.
Sonrisas de ojos tristes
y el gato y la taza de té
para pensar
siempre
para recordar.

Ahora hay qué hacer
ahora, con colores nuevos
y siempre
acompañado de mi antiguo gris."
Quién sabe
en qué pueda terminar
esta historia

miércoles, 3 de diciembre de 2014

siento un sabor parecido
entre las muelas;
ay.

"¿Será que los diciembres
son todos iguales?"

Mi cuerpo, el mío,
cambia:
el ano, la bilis, la piel.

La cabeza, el plexo, el contexto
siempre
pero:
¿el cuerpo?

No es siempre el mismo
y a veces
vuelve
algo que no sabías que había tenido fin.



domingo, 16 de noviembre de 2014

Hoy he rezado por ellos

Perfecto, no podré deleitarme con sus cómplices.
Paso por vuestra guía y vuestra guía y vuestra protección
y la alineación de las horas
y rompe el ambiente que no.

"In the moonlight in love
nothing is real"; valor.
Y eso ese caso, cuesta sin rastro alguno.
Espero con esmeralda sí
con los que conocí.

Como te amo, idiota

Cuando te dedicas a poner hechizos de armadura
y usar caballeros de ésa misma
en iPod transformo tu esencia, bebé,
de tu boca de allá de la realidad supera a la ceremonia.

Que sobren las eses;
no puedo averiguar las cosas.

Sólo te digo que a donde tú tomas frío
definitivamente no puedes venir, y sé
aún podrás sobrevivir en la selva

la descolocaba, y concisa
decía no.

La maldita irremediabilidad del destino
cachemos de desdicha, de gestos, de inesperados orines que amé de verdad.

Sería una hermosa familia que busca de esas que pena;
sé hacer las canciones antiguas de mí.

Lo encontré entre las cosas
y mucha fuerza para que viva la luna
y que weá con miedo al porvenir;
maldito sudor frío.

Ay, que se ha dado que escarbemos
encaramándome en la flor;
crece con agua
con la posibilidad de nuevo.

Un acto extravagante
pedazo de piel de la familia.

Bacán año, sea de que pasen por sus saludos,
sus mensajes, sus mensajes y su cama;
pegué un alud.

Cada instante valioso será
nuestra meta, aún muy lejos.

Pero cuando los cuatro mencionan dos vertientes
Temblor y cariño...
gracias

domingo, 2 de noviembre de 2014

« No te amo, amo los celos que te tengo
son lo único tuyo que me queda,
los celos y la rabia que te tengo,
hidrófobo de ti me ahogo en vino.

No te amo, amo mis celos, esos celos
son lo único tuyo que me queda.
Cuando desaparezca en esos cielos
de odio te ladraré te ladraré porque no vienes.»
                                           Armando Uribe

—El amor no puede ser incondicional, N. ¿Qué pasa si te disparo un día?



lunes, 27 de octubre de 2014

64 bits

Del rojo aliento en la noche
a tu rastro
un trato;
no, tres.

Un beso a tu mejilla
entre alfileres de tu amar unos alfiles
y yo allí
tu caballo bailarín.
El nunca por tus labios expresado:
el de las noches, el polvo, los astros.
Que sube a tu pelo, juega en tu chasquilla
baja a tus manos y de monte en monte se pone a pasear:
se posa en tu tranquilo Venus
rueda por tu abrupto sol
abraza la hierba de tus dedos:
cálidas mañanas, risa ante el pesar.
Hace una barcaza de tu silencio
y baja por el río que te atraviesa:
el tuyo y mi Loa de quebranto y oscuridad.

¿Por qué a mí me dejas cauto entrar
y prender velas?
Cual Jhony Quest
cual maya estela
sus paredes afirmando a mis palmas de lagarto
y la lengua saco
y me dispongo a probar:
tu llano, tu miedo, tu paseo;
tu cracatoa
y tu arte en fulgor.
Tú, arte flúor: de purpúreos paseos y pantalones colorados
de dientes de retruécano
y hombros marmoleados que sostienen
un cielo:
de carneros, de villanos y colores pokemón.

Vámonos a un Gameboy
-sal del otro lado de la consola
y entra al juego del caballo bailarín-
y seamos tres:
tú, yo, la risa;
tú, yo, el birlar:
al Capital, a los felinos, a los pasosos;
a los pescadores, al patriarcado, a supermán.
Préstame uno de esos polerones de colores de Lovecraft
y ponte en la noche un abrigo de Bombal
y salgamos a las calles que es Noche de Brujas
y  burlémonos de aquéllos que incluso hoy llevan antifaz.
Ay, tú y yo mañana, cuando no haya disfraces
¿aunaremos ganas?, ¿iremos a arrullar?
Dejaremos de lado nuestros tonos,
del orbe el borde:
de los ocho alacranes la cañería habitada
del primer cabrito rojo; ay, tu pasión.
Del especimen ya armado: con ojos, manos, deseos, fe.
Del especimen a punto de arder: tú, hijo de caldera y plutón.
Ay, ay, ay.


Ya conocimos las cartas:
de lo triste, colorido graficador.
Ya conociste mis jugadas:
mi María, mi coqueteo, mi corazón.
Ya bailamos el treinta y uno:
¡probaste entre festejos junto a mí el ron!
Y el trago amargo de mis penas
y la mutua confesión de que, hubiera o no lustrosos ropajes
para mí y para ti siempre era igual:
el siempre incomprendido;
el laberinto fácil
del que no se puede salir.

Vuelvo ahora a mis cuentos
a mis oscuras vertientes
de Verdad.
Al agua sucia, con calamares brillantes,
siempre limpiándose.
A mi juego de sentir y razonar.
Y te miro desde la pantalla que pregunta
si quieres empezar.

No me queda más que proponerte
-aún así he puesto versos sucios
para que rías al leer las etiquetas de tus vhs-
más que este juego
que te invento
y estoy dispuesto a cantar.

viernes, 24 de octubre de 2014

Azul

Recuerdo la última vez que, amándote, te vi. Y ahora no capto más que eso; vestigios; el silencio. ¿Y queda amparo? No lo sé. No podría estar seguro. Mi alma no repara en sensaciones ya. Oportunidades no boto. ¿Y hay más? Han pasado cincuenta, cien años, y más. El liberalismo avanza, siguen naciendo niños. ¿Hasta dónde lleva la cultura, y hasta dónde la individualidad?  Hasta qué punto son singulares: este momento, Cala, mi corazón: yo, encasillado en  #1026. Yo, sintiendo océanos en la ciudad, inmerso cual obrera en colmena. Y: ¿hasta qué punto lejos fuera de aquí puedo llegar?
Kiltro y la Pía, tan dulces. Antonio, tan de verdad. Pueden erigirse ellos, singulares, cual en el océano picos de hielo, y no dejarse abrumar por la totalidad.

Murmullos. ¿Qué siento? Mi largo aliento. Y una conocida dulce voz. ¿Puede haber más? Puertas se cierran, manillas suenan. ¿Cuál es la medida de la posibilidad? Callar. Al momento dejar hablar. Y qué escucho. Vacíos. Arrullos. Semáforos en rojo. Y veo, por la  ventana: ciclistas; hombres dubitantes. Tintineo: semáforos en verde; semáforos en rojo. Sí y no. ¿Cuál es la distinción? Tomas de agua. Prostitutas de piernas infinitas. El chirrear de la puerta en la otra habitación. Hay cosas que no entiendo: es cierto. Hay tanto que no veo, también. Tanto polvo, tanto auge, tanta discusión. Luces y sombras. Y yo aquí, compacto, cual polilla ansiosa de calor. Acostado, esperando mundos. Acostado intentando del momento captar la canción. ¿Es la misma que es la mía o hay destono? ¿Hay algo que cubrir con pasión? Una sirena. Una estrella. Conjunto de edificios cual atolón. ¿Coincide mi roja entraña con la situación? Hay fricción. Hay recuerdos. Hidrantes; cloacas aullantes. ¿Y qué hay bajo el galpón? Mundos  enteros: más completos que cualquier canción. Y grafitis; los restos de ron. Mi habitáculo ahora: de un extraño la habitación. Y hay fotos enmarcadas. Y pasa frente mío el autobús. ¿Quiénes irán dentro? ¿Y cuántas veces ellos he sido yo? Y mi ropa. Mis colores. Mis reflexiones. Una voz por altoparlante que no es la mía. ¿A dónde apunta mi canto ahora en la vida? Y quién soy yo. 

martes, 7 de octubre de 2014

Un Neptuno Fatal

Oh, mares de Pellines.
Oh, poderosa carta astral.
Días, cristales
la añoranza y el temor
de mi alma la lanza baja
y de los pescadores la muerte
antes de zarpar.

Días, meses, años;
miles y miles de años.
Mañanas, barcazas.
Noches de cristal.
Y años y años con un tiempo distinto
y que un día lleguen y
tu paso de las horas hagan cambiar.
Quién soy yo
ahora
Cuánto valgo
quizá.

Mi historia
la mía
mi historia
no más.
El salto, el trompicón:
las navidades,
la polola de los quince, el reggaetón.
Risas, risas:
en el último día de clases;
de mi mamá.
El canto único
de mi díscolo interior:
amores, orines, callejuelas;
el Sendero a la Distorsión
—no.

Mi historia, la propia;
El pasado, una canción.
Esta vida, la mía
mi deseo, mi añoranza, la traición.
Anarquía
Fornicar
Dubitar
Sonreír.
Es mío
es mío
y siempre lo fue.

Confesiones
de mí el blanco jugueteo
Ciertos labios, ajenos:
mi pasión.
Es esta la vista, la mía
que configura y ordena las cosas.
Helo allí, con su peso
y él
es distinto
para mí.

Y hay uniones
que te llevan para atrás.
Y otros
que a algo apuntan
y luego disgregar
y las notas son distintas:
un si, un sol, un do.
Negativa; positivo:
un leo, un piscis; escorpión.

Un halo, en el bosque,
en la noche
que se encuadra y encubre
con otro que no soy yo.
En una esquina, con música,
en un bar
y cierto moreno enfrente
y un deseo y un pensar.
En un terreno distante,
lejos
hay pecados y un hombre
parecido a él.
Pero no baila Lady Gaga
ni lee a Jean Genet.
Él pesca en las mañanas,
tiene un hijo
y un ritmo distinto al de mí.
No es mío,
no es mío
y nunca lo fue.

Y heme aquí
entre cantos de morenos:
a mi lado; distantes;
alfiles de candor.
Y pulsión de Gabriela
y la de Osvaldo
a mi lado, distantes:
sin Ley de Pesca,
sin el rapto del pescado viril.
Y dentro mío, entre música
y al igual que en cada uno
de los del tablero de ajedrez:
la pulsión
la única
pulsión.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Bastión

Mi pecho agoniza por desilusión roja viva
y mi cabeza nivela el cuerpo contra la gradiente a la que tu falta me tiene condenado.
La fuerza de mi corazón vacío mantiene en vela mis manos abiertas
esperando que se estrechen por un algo que llego a pensar no existe
y sólo mi mente inventó.
Porque en los momentos que estás eres demasiado
y en los que tu última mirada se posa en el alma mía
y las tardes y noches pasan y pasan
dejas de existir.

Mi cuerpo desnudo se revuelca sobre sí mismo
intentando sacar algo que no llego de nada ni nadie
captar, encontrar, retener
y que sólo en tus ojos he visto
esbozo de perfección latente.

Mi cabeza da vueltas y trompica sobre sí misma
y se extrapola  hasta los rincones del imaginario al que Dios me tiene condenado
cuando tú no estás a mi lado
y a mil fines esperados y a un lustro de años soñados llego a vivir
con los ojos casi cerrados.
Casi.
Porque sé que entre las paredes de mi mente sólo estás
Recuerdo fantaseado
Éxtasis consagrado. 

Y que al salir de mi paréntesis inventado llego a un espacio en el que no estás contemplado.
Felicidad armoniosa.
Dicha en persona.
A un lugar que no me llena,
no me motiva ni sorprende.
Donde tu falta carcome cada una de mis vísceras y me deja para siempre sin aliento:
abismo eterno que dejas entre mis huesos
maldito que viene para sólo dejar falta.
Inmenso espacio sin salida;
fruta que brilla al ingerirla y que termina dentro mía podrida.
Que carcome mi carne día a día
y mi mente fuera de mí sintoniza
en tu esencia; lejanía.
Que me saca con fuerza y me arroja brutalmente de vuelta.
Que al piso me lanza y que con inútil fe me levanta
pero que me sostiene y aguanta
en un dolor punzante y constante.
En un cojeo eterno.
En un pasado que motiva y destroza,
en un  hoy que no pasa y en un mañana que no llega.
En un camino con tu nombre al final
pero con burlas e insultos escritos al paso.
Lleno de callejones con seres horribles que mutilan mi todo
y matan mi visión del demás. 
Con un cielo nublado que no cambia
y un calor sofocante que no deja de hacerme estallar.
Pero que acepto y sigo constante. 
Sonriente.
Perseverante.

Porque al final de ningún otro camino está el premio de verte sonreír…

lunes, 15 de septiembre de 2014

Esperanza de lo primero o Islas de la Soledad

Contradictorio:
ceder uno
porque no perpetúo mi vida;
creer en la existencia
del sol.

Lo pasivo
la intuición.

El soporte
durmiente.
Atardeceres que parece que no hubo;
un halo castigador.

Y me pierdo en tanta grasa;
la mezconlanza.
Y arenas llegan con los ríos:
lo blanquisco
la rémora y el tiburón.

Un tercero que surge
de la unidad de las oposiciones;
un migrante radical.

Y las bacterias pueden ser cualquiera:
lo pericostero
el temberío
mi amonita;
surgen categorías;
aumenta la fertilidad.

El baile de las abejas
sin orden establecido
ancla
a ese que peléo contra gatos.

Piensa al revés.

El sesgo, un cerco
sin darse cuenta va a encontrar:
ahora, tranquilo
porque le pusieron un nombre;
la vida reconquistada a celebrar.

Cómo entender estas Distorsiones.

La distribución de los océanos
un ombú:
hay confusión.

Habitáculo
en la siembra;
austeridad
despojo
gravitación.

E inventan
glóbulos rojos:
legitiman territorio;
la toma de un augurio.

No estriban
lejos o cerca del grito;
hay umbrales
que no tienen vuelta atrás.

Viento crea pátina
en el resto de las personas;
bahía.
Y el ubicuo matiz.

Posibilidad de que exista
lo pronunciado;
cambalache.

Administración de lo posible:
prostitutas fuera de las iglesias
los egipcios como padres del fulgor.

Puedes mover una casa
pero no puedes mover un pozo.
Y a nadie le importa
mientras funcione lo otro.

¡Si con suerte corren al tranvía cuando se les pasa!
Pero aún así
había que celebrar la vida reconquistada
para continuar.

Y era yo
y era yo
acuciante.
Era yo
lo rehuyo;
el descalce.

Efervescencia:
un lugar que no tiene capacidad de absorción
de la gente.

Anquilosarse
jocoso;
no se puede fundar la alegría sobre la sangre cognoscente.

No darse cuenta
o la aniquilación
¡la memoria anulada!

Pero recuerda:
sólo actúa
que tú serás mi refugio el día de la bomba.
Encuentra el consuelo,
aunque siempre fría y sucia,
en el diálogo de las miradas infantiles.

Y, por favor
no dejes que explote el volcán.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Nasca

Del verde pelo a tu piel
tres pasos;
cuatro;
no, tres.

Y crepito incandescente en la espera:
refuljo entre la lluvia como si fuera
la primera vez.

Hojas de abeto
ollas de la Era que murió
pero:
tus palabras susurradas
-qué importa que los cantos del poeta
hayan desaparecido;
tú las recuerdas-
pero:
condimentos de las pocas especies que
el Diluvio superaron
dentro tuyo y mío
en decocción.

El agua
la mía.

Tu dejo
el fulgor.

El tuyo y el mío
concreta pasión sorda.
Oh, nuestra noche
el temblor.

Camelias del recuerdo penden
de los cerezos al alba nubosa.
La brisa, el maullido, el amor
tú, tú, tú.

Esperanza inquieta
pero serena.

Mi tranquilo corazón
al compás.

Tu choque y el mío
el remezón de los cimientos malhabidos
ahora tranquilos
listos para la unión

y que nazcan continentes nuevos:
árboles de troncos gruesos; sus frutos flamantes
caminos que cruzar, y el sonido del choque de mil metales.
Nasca Nueva.
El arrase de lo que no nutrió.
Pero:
tu risa y la mía
y la sincera conversación.

Temporales y gritos de viejos muertos
y los míos y tus padres cansados por la vida injusta
ante el mundo que quedó.
Y tú y yo, frutos de un dolor
de un tono tan magno
que ante tal sitio nuevo
como no estarlo dispuesto a poblar.

Y quién más que tú y yo,
los del ímpetu rocoso
capaz de brotar, fulminar y concretar–
para juntar las manos
cualquier día, sentados en la micro,
mirarnos
y la empresa comenzar.

viernes, 15 de agosto de 2014

De mi alma el frágil tamiz

Hay tanto
para mi relevante.
Hay tanto
de lo que soy capaz.
¿Por qué me dejas
ajetreado
antre gorgojos
y no me permites
respirar?

Tánatos
Odín
Neptuno
Heros:
¿por qué no me alejan de las ilusiones
y el camélido de hiel alejan;
antifaz?

Jesús:
yo que te he abandonado:
¿dejas ante mí relámpagos
de viscodidad?

No puedo arrastrarme:
del pasado el chisme
alejar.
Y que llega y que llega
la misma nota
del xilófono:
un do
un do
un do.

¿Hay algo más?

Telarañas del recuerdo
Islas del pesar
la labia de mi eterna alteridad
tú: amor mío
yo: el que ante la queja ha de callar.

viernes, 1 de agosto de 2014

« Y había logrado en efecto muy a menudo ser juiciosa. Había logrado adaptar su propio vehemente amor al amor mediocre y limitado de los otros. Temblando de ternura y de verdad a menudo logró sonreír,  frívolamente, para no espantar aquel poquito amor que venía a su encuentro. Porque el no amarlos demasiado sea tal vez la mejor prueba de amor que se pueda dar a ciertos seres, en ciertas ocasiones.
      ¿ Es que todos los que han nacido para amar viven así como ella vivió?, ¿ahogando minuto a minuto lo más vital dentro de sí? »
                                                                                              M. L. Bombal.


miércoles, 30 de julio de 2014

Lengua Fría

Caminas tú y haces
mundos enteros cada día
de candor.

Y lánguido
e insinuante y entregado al placer total
te abres.

Y el vaivén
tuyo
toca muchos
y ahora yo;
te he seguido.

Y tu punzar constante
en la vida
y tu existencia
sin vida

Vacío.
Arete.
Oro hueco.

Y nos heoms unido;
sexo;
arcadas.

Y yo que soy de plata
el bucólico aire de las madreselvas
bramando
lento,
bramando lento.

Yo, el que es entrega pendiente
ha descubierto que no lo es:
Cardinal,
yo soy negativo:
de plata
de resguardo
el resquebrajo
antes de ocurrir.
El resquebrajo, para siempre,
antes de ocurrir.

Y yo, el más animal de todos
-¿conoces tú mi pasado?-
estoy en desacuerdo
y me siento manchado
blanco hospital
ante el consuelo de las lenguas frías.

Claro, fría como es una tierra árida:
tibia; vacía.

Y yo no..
Hay tanto que.
Hay tanto quiero..
Hay tanto yo.
Y yo no.

Porque en mi cabeza hay
aguas azules
en la playa la noche.
Canciones -las mismas que tú tocas en piano, y no entiendes-
siempre:
y las repito, en cualquier momento,
bajo cualquier circunstancia,
con el sonido
de mi mente.

Y hay
frascos de colores,
grises, verdes, azules,
con un poco de cada cosa mía
en un estante
con gatos
quietos
cerca.

Pasión
Lujuria
Deseo.

Entrega
Cariño
Confesión.

Platón
Nevenka
Camelias;
dientes de Judith.

Risas de J.
El gesto de manos el hombre de piernas claras
y el júbilo de Flor, cuando me miró
esa vez.

Y esa espuma suave
entregada por la chca del collar de plumas.
Y esa pastilla que siempre tomó
Amelia para eludir su vacío.

Y también hay:
falos
colores
contenciones.
Pero eso son
y no más.

Y no amo a cualquiera:
los amo a todos.
Y
-doy esto, para siempre, en mí por sentado
pase lo que pase
cambie lo que cambie-
no me voy a entregar sin
que exista la especificidad:
la fragancia, el gesto, el recuerdo
guardo en un frasco azul.
Que es mía, sólo mía,
que he vivido y cada día
-quizá a veces cada tres-
sopeso y recuerdo: la amo.

Y tengo cien observaciones referentes
y tanta reserva y reparo con lo que comentaré
sobre mis tesoros jamás.

Porque soy de polvo,
de en la grieta la hierba opaca;
tórtolas en la hojarasca.

Y es cierto: deseo
tanto cuerpo tanto ojo tanta mano
tanto pecho tanto hombro tanto pectoral inequívoco.
Y en mi mente tanto
lamo vierto grito.
Pero afuera no,
y no quiero:
haz lo que quieras tú
pero ahora
-quizá algún día guarde en la estantería
el que es el choque de la carne vacía
el sentido-
pero ahora, no quiero
hacer sin sentir en lo más íntimo la Verdad
de mí.
Mis sonidos
los pasos conocidos
el ojo distante que admiro
y cuyos negativos cobijo,
cada día.

Y el que sentíase león enjaulado
ya no ve su encierro como antes:
quizá sólo es medio marsupial
y es lento
y tiene coraza
con poco de costras
y deambula y habla
y concentra
-siempre concentra-
sentido.

Y entre tú y yo,
hombre de candor constante hacia
todo hijo de Adán,
el que tiene el más prístino y
sincero calor
soy yo.
Y no estoy dispuesto que pases
entre mis escamas
y me toques
con el látigo de tu lengua
en apariencia roja pero tan, tan fría
que algo importante puedes romper.
Y ante la entrega sin sentido
para qué.

viernes, 11 de julio de 2014

Vigilia sin

Las alas de la noche me cubren. Las tentaciones apagadas me cobijan. Tu mirada se esconde entre los árboles y no sé que más pensar… de mí… y de ti. Las manos de los pesares pasados salen de la tierra e intentan llevarme. Pero ya no sirve. Ya nada sirve. Son sólo esbozos de golpes. De caricias. De juegos. De amores y de odios. De un pasado y un futuro que penden ante la inmensidad. Los aullidos de los perros lejanos alcanzan poco a poco mi amortajado corazón y el miedo se empieza a formar. Con fuerza de olvido. Con potencia de vengar. Con rostro de melancolía. Con ojos de ti. Con esa mirada que antes me amaba. Que me quiso. Que me odió y que murió.
Recuerdos. Son sólo recuerdos.
Los géiseres de sangre disparan al son de mis latidos. Veo los parajes que no son ni serán nunca los mismos. Mis ojos antes eran sólo para ti. Ahora el canto de los cuervos es mi religión. El polvo de los antiguos mi placer sexual. Las ráfagas con olor a muerto mi única compañía.  Y tu recuerdo mi único pesar.  Las moscas mis compañeras de viaje. Y la desconocida inmensidad mi Dios para rezar. Las flores inertes me guían. Y un norte ya no hay en mi realidad.
Recuerdos. Son sólo recuerdos.
Las nubes conjuran un atronador castigo. ¿Contra mí? ¿Contra las traicioneras ratas? ¿Contra los seres con alas que se pueden ir cuando quieran?
    como tú
¿Contra los árboles que se mantienen erguidos pase lo que pase?
                                                                      ¿O contra ti?
¿Contra los meses que no cambian? ¿Contra los años que pasan? ¿Contra la gente que olvida?
                                                                     ¿O contra mí?
Los niños mueren. Las madres lloran. Yo sigo aquí.  Siguiendo al destino. ¿Contra la gradiente?
                                                                     ¿O contra ti?
O quizá contra el mundo. Pasando sobre los insectos y fetos enterrados y pisando lo que alguien alguna vez soñó. Matando pájaros con la mirada y perdiendo y perdiendo mi piel. Corriendo a campo traviesa sin mirar atrás.  Desgarrándome la carne y mordiendo y escupiendo al porvenir.
 ¿Qué acaso ya no soy persona? ¿Qué acaso el que nada sea como antes significa que yo tampoco lo puedo ser? ¿Qué el que ya nadie tenga manos ni piernas hace que yo sea una bestia también? ¿Qué los relojes ya no corran y que risas no se escuchen quiere decir que todo es el fin?
Me sostengo.
                                                                                                                                                           Lo intento.
Pero para sobrevivir debo matar. Para defenderme quemar. Para saciarme violar y para seguir masacrar lo más débil y lo dejado atrás.
                                                                                                                               ¿Acaso
desde que te fuiste
                                                                                                                                soy un animal?
               Acaso.
       Esta ahora es mi historia.
¿Y ya no importan mi principio y final?
                                                               
                        Y si
                                                                    todo es un sueño.

                                        ¿Y sólo juego  o jugué por un tiempo a despertar?

jueves, 3 de julio de 2014

Borbotea mi alma a causa del recuerdo del hombre sobre el cual

Y el trémulo animal dañado
lastimoso
con los ojos afectuosos
no estuvo ni nunca fue accidentado.
Ni dispuesto.
Ni animal.

Era un hombre.
Lamentablemente, un hombre.
Criado, desviado y venido al mundo
siendo distinto
mas no especial.
Con los ojos mordaces
mas no dispuesto a ayudar.

Dispuesto a dejarse tocar;
acariciarse.
A hacer como que te escuchaba.
A hacer como que éramos felices
tú y yo.
A hacer cómo que éramos
a hacer como que nada.
A hacer como que sabía sentir.
Pero no.

Porque era un hombre
más y menos que ninguno.
Distinto y parecido a nadie
que iré a conocer jamás.

Y me engañó, con sus ojos mieles.
Y me mintió, con sus omisiones
que ni él recuerda.
Y me acarició, con sus manos que ahora sé
alejadas.
Y fue con él con quién aprendí que yo realmente
podía a alguien amar...

Y es que a este hombre maldigo cada día
y su nombre repito abrumado enterrándome momento a momento
en el avellanado suelo.

Y recuerdo a sus ojos y entro en cólera
y escucho a sus palabras y vuelvo a huir al bosque
y me vuelvo a enterrar.

Y grito a veces
y lloro otras
¿¡Quién ha hecho al hombre tan disímil como el canto del viento?!
¡¿Quién ha convocado tal hueco inusitado para éste mismo humano
que no le confiere la posibilidad de escuchar a los demás?!
De entender.
De amar de verdad,
y no de la forma egoísta con que se recluyen los erizos cuando hace frío
y me ven a mí, pudriéndome en vida, entre las raíces de las hayas.
Entre las raíces que en mi corazón dejó tu amor
que fue mío y no tuyo
y que me tiene aquí
bañado en podredumbre
para siempre jamás


Y borbotea mi alma profusa
ante el recuerdo del hombre sobre el alma del cual
dos o más dioses lucharon;
quizá cuántos.
Y maldigo la hora en que el viento lo ungió de gracia
y golpeo y golpeo mi propio cuerpo:
a él, que le di mi confianza.
Y confieso,
¡lo he descubierto!
Zeus, Odín, ¡Apocalipsis, Heros!
Incluso tú, Narciso,
Cien veces tú, Odín.
¡Lo he descubierto!
Los restos de su lucha: la confusión.
Los dejos perfectos:
sus manos, la mirada acogedora.
Lo contrario:
lo gélido, lo alejado.
La mentira encerrada, la falta de humanidad.
¡Los he visto a todos!
¡Me han rozado!
Podría hablar de ellos, ¡horas!
Ahora podría reconocer a los dioses
a la distancia.
Podría despotricar contra el destino
usando las palabras adecuadas.
Lo he visto todo.
Los he sentido,
y en mi han causado estragos.
Los he sentido,
en él.

domingo, 22 de junio de 2014

Desempatía

Caminas dejando tras de ti
pájaros muertos

Quién te mira ahora
quién te desea
en verdad.

Persona
no humano
¿Qué persona?
Sólo humano tú

Cuando los elefantes en la selva pelean
son los animales pequeños
los que perecen
y tú
con tu actitud de abrumo de
todohablotodigotodocaptotodosé
sólo manchas
tu rededor
con hiel.

Y aquí mis brazos yacen marcados
y las pasadas pústulas a veces vuelven a arder
con el sol;
¿crees que tu séquito partió por otra razón?
Andar junto a ti mata:
los hombros con tanto peso
la anomia inusitada de no sentir:
"te quiero por qué no me escuchas";
la tierra se vuelve amarilla después de ti.

Labios de fresa
a alguna interrogante, tu buena respuesta;
tus canciones, goce,
pero
no alcanza para enmendar las arrugas
que en el ceño de los que te quisimos
tu paso por nuestra vida dejó.

Llegará el día, lo sé,
en que darás la vuelta
y todo estará tan muerto o estropeado
que no te quedará un hogar dónde ir.

miércoles, 4 de junio de 2014

EPÍLOGO

12/04/2011

Más no se podía

–Y no vuelvas –me dijiste con la mirada mientras me empujabas a  la suerte del destino que hasta ese día creía justo.
– ¿Y no que me amabas? –murmuraron mis labios tensos ante tu partida.
–No puedo amar a nadie –clavó tu nula expresión en mi exaltado pecho–. Lo siento.
Y con el sonar de las ruedas y el abandono del que me siento preso que el sonido ajeno insinuaba, caí sobre mis desechas rodillas. Intenté correr tras tus huellas. Gritar para alcanzar tus oídos. Y llorar sobre el pasado roto hasta quedar dormido. Pero no podía. Nada podía. Las lágrimas no llevaban a nada. Y tu imagen se entremezclaba con los de seres que no conocía, que me atacaban y me hacían sufrir. Y por miedo a más dolor me dejé llevar. Y corrí y corrí por las calles.  Maldije al par de estrellas que entre el cielo iluminado por mentiras coronaba mi ruina, e insulté a la acera pútrida de deseos y vivencias inconclusas de gente quizá como yo o quizás como tú. Y me detuve en una y en diez partes. Y desvarié ante perros y pinturas. Ante farolas y personas. Y mi todo fue cayendo pedazo a pedazo entre semáforos en rojo y callejones oscuros,  en todo el mundo desconocido, hasta llegar al punto a desconocerme a mí. Y me perdí. Entre las bocinas y los insultos. Entre las buenas palabras y las fantasías de cristal. Entre el olor a tanto de un antro y el común de una esquina usada. Entre ojos ambiciosos, gestos perdidos y la nubosa imagen de la sonrisa de ti. Y me dejé llevar. Por una y diez personas. Y me hicieron de todos mientras mi expresión era de nada. Y pasé por un parque de juegos infantiles maltratados como yo, y ante un río dudé si seguía con vida o no. Pero no me importó. Y así seguí. Con motivación cambiante pero a la larga nula, y con caras que se supone  a esa altura ya debía conocer pero no podía. Porque esa no era mi vida. Esos no eran mis ojos. Esas no eran mis manos. La que usaba no era mi boca. Y todo porque no te miraba. No te tocaba. Y no te besaba a ti. Y amaneció. Una y cien veces. Y te olvidé dos y doscientas. Pero en la nada que sentía tu fantasma figuraba haciéndome sentir incompleto. Siempre vacío. Así que te busqué. Entre las millones de personas que deambulaban en el día y en la noche. Rebusqué entre todos los rostros que llegué a ver. En toda calle. En la tierra y el cielo. Pero no te encontraba. Y pregunté y pregunté. Pero ya no sabía tu nombre. No recordaba tu cara. Y los pocos recuerdos ya parecían mentiras. De un perdido cualquiera. De un asco de persona. De una puta sin nombre y un borracho constante.  E incluso llegué a entender que nada era verdad. Que sólo lo que se desplegaba ante mis ojos existía y que no había más realidad. Y el brillo con que intentaba mantenerte escapó de mis ojos. Lejos. Muy lejos. Y las caras se me hicieron conocidas. Y empecé a conocer lo que tocaba. Apreciar lo que miraba y entender lo que vivía. Y así menos me importó. Porque aunque fuera el universo que me correspondía lo sentía vacío. Tan pero tan vacío. Porque había soñado con algo hermoso. Armonioso y perfecto. Con un yo que no parecía demacrado. Con alguien que me llamaba por mi nombre, que ya también había dejado. Donde mi sonrisa no emanaba melancolía. Y otra se producía ante la mía. Donde mi mano estaba enlazada y los ocasos valían, porque un día feliz desaparecía. Y no donde mi cuerpo era un trabajador más, y el inicio de la noche significaba dormir a tu lado y no con el ser que tuviera de alojarme el amparo. De hacerme suyo y botarme. A la calle otra vez. A la basura. A la basura. Que era lo mejor que podía pedir. Porque qué más merecía. Qué más merecía si nada de mí salía, más que gemidos de rata retorcida cuando dormía y en mis sueños viejas imágenes aparecían, y alucinados quejidos cuando contados humanos a mi rostro se dirigían, preguntando qué quería y de dónde provenía.
– De donde mismo vienes –a veces respondía, los días en que la fe en la vida de otros me prometía–. Y a un lugar al que si nunca te entregas no llegarás.
Y esos mismos días, en la noche perdón a nadie pedía por la mentira. Porque más que el vacío que la punzante vida que tenía nada de nada me hacía, había una sensación en mi pecho que me decía que por lo menos  uno y diez minutos la pena habían valido en mi existir. Y mal mi mente se  sentía por negar esa oportunidad a gente nueva en la vida. Y más el corazón me ardía por perder la oportunidad de tener un compañero con el cual volver a llorar.
–Ya estoy perdido –Me respondía cuando esos condicionales arruinados a mi cabeza venían.
Pero un día. Alguien me respondió. Me siguió. Me prometió. Me tomó y me amó. Me hizo suyo de verdad y la nada y el todo extinguió. Pero nada en mí cambió.
–No puedo amar a nadie –Susurré ante su ser derrumbándose–. Lo siento.
Y con una frialdad inmensa a sus ojos luminosos observé hasta que su luz se apagó. Y sin más adiós la puerta cerré, y seguí raudo, sin mirar atrás. Pero al alejarme su imagen me seguía.
Y ahí entendí que si habías corrido ese día, era porque las lágrimas se habían derramado de tus ojos también.
                                                                                                         Más no se podía.

domingo, 18 de mayo de 2014

Zapallar

Aunque no lo sepas, tengo un plan maestro,
bebé.
que tiñe
cada día
ciertos lados en mi vida;
recoveco mío siempre eres tú.

Té con leche bebo;
te recuerdo.
Y lleno de medusas mis pinturas,
leo sobre Toronto
y uso
rosas en los pies.

Entre cristales,
de mi alma el frágil tamiz,
entre copas y el destello en ellas reflejado:
río, sonrío, coqueteo
y a veces pienso en ti.
Y horas hablo y bailo tejiendo historias
breves
con extraños:
y aprendo y reflexiono y llego al punto
y al final
siempre pienso en ti.

Y llegan los días:
marzo, junio, abril.
Y el astro se mueve impertérrito:
sé que mi saturnina reflexión llegará también a ti.

Y pasan los años:
mis compañeros han cambiado
y dentro mío, mis recuerdos,
se han alargado y palpitado
al punto
del foco mío también modificar.
Pero, hay cosas que van muy dentro
y que ladran al mismo compás;
nuestros haces:
negro y blanco;
azul y plateado;
Marte y Plutón;
de a poco en la historia se dejan tocar.
Y se pigmentan
un poco
cada vez.
Y eso tiñe en tiempo el caminar.

Y andamos a destono,
bebé;
no sé si seas consciente
pero yo sí.
Y es que por distintos hilos hemos sido ungidos
pero hay algo que es común
tan fuerte
tan fuerte
que no podría ni un día dejarlo de ver.

De la mañana el cuestionar
Tú, brusco olaeje,
de la sordera del paradigma el despertar.
Tú, bebé.

Y, ¿crees que sé el final?
Que por el hecho de mi marioneta siempre sola
haberse enrededado con la tuya, mía igual:
el mismo molde
-novicio, arlequín-
pintada en distintos colores
por un cuidadoso anciano alguna vez.
¿Piensas tú que
por haber encontrado en ti ese aroma al hogar
-de nuestra madera siempre sola, recuerdo de ese bosque zapallar-
sé a qué llevará?

Que hayas sido tú del árbol que miraba al cielo,
y yo el que lo hacía al mar.
Que yo te haya visto en un inicio, y tú no a mí
no cambia
que nuestras raíces se hubieran estado tocando
formando, en el piso del bosque,
estrellas
esbozando un beso
para siempre jamás.

La silueta en la noche
La silueta en el día
¿Nos iremos a tocar?

Viento de tu cuerpo siendo
aire en mi oído;
regocijo.

De mí no entiendo:
la constancia de mi ojo de nogal, siempre atento
a tu crepitar,
quizá.

Pienso a veces,
que de ti no necesito nada más.
Pero, la vida de una vuelta
Y en el eje está tu mano y la sonrisa
el abrazo; despertar.
Y ya sé cómo actuar.
Y ahí, pienso, no necesito nada más.

Pero, tu aroma a bosque
y una nueva vuelta
y, te veo:

Y el plan maestro se teje sin cesar
Y el plan maestro se teje sin cesar

sábado, 29 de marzo de 2014

Dolores

El convento ajeno me cobija:
No es mío
No es mío.

En mi mente recuerdos abundan
pero callo.
No es mío
No es mío.

Imagen del loco blanco y negro
torturado luego de que lo amé.
Recuerdos en diarios; las drogas no aplacaban.
Recuerdos del amigo lapidado en clandestinidad.

Y contemplar bajo el cerezo
la primavera que odiábamos.
Y conversar y discutir
centrada en tu mirada intensa:
correr aferrando tu mano
del grito beligerante de los que un día te iban a matar.

No es mío.
No es mío.

Los deseos de apretarte el lacrimógeno cuerpo
y que me protegieras a mí
y no al mundo,
¡qué egoísta!

Tu aroma a oscuro clavel silvestre;
remembranza del sabor que no sentí.
No es mío
Quizá jamás lo fue.

Y vestirme de negro entera
por el luto escondido
y rendir y sacar cuentas
de las huérfanas a las que ahora enseño francés.
Y no poder evitar acordarme de ti.

La falta de un nombre,
¡el arrebato!
la vida sin memoria
nadie que los pueda recordar

Madres ovilladas
llorando.
Las de ellas en un puterío cualquiera
la tuya repudiada en París.

Y nadie más.
Todos muertos:
bajo tierra, agua, arena, el fusil.
Igual que tus fotos
Que nuestras cartas mundanas
firmadas por tu nombre borrado para siempre
en la historia de la patria
firmadas por el nombre con que tú me llamabas
y yo abandoné.

No es mío.
No es mío.

Y pasar el día rezando a dios ajeno
enseñando
dictando
sonriendo
una historia que no es mía y jamás lo va a ser.

Y sentarme recostada
en el tronco del cerezo
a recordar la piel que habité:
tu voz ronca cuando enojabas
el ímpetu al hablar de los demás
el tálamo jamás compartido;
el amor azul.

Y llegar al verano embustero
y yo recordar
el mutuo sudor generoso,
la risa ante el hurticante agua que
ante la última causa
no nos importaba realmente evitar.

Mi pelo
tomado
tus brazos
besarlos

Y que arribe el ansiado otoño
enciérreme en el armario
y junto a la estufa a parafina
recuerde el añorado olor a barricada
presente la última vez que amar lo que hacías
tu lucha
la lucha de todos
la razón de tu vida
el corazón de ti.

Y re-pensar seudodrogada
en las posibles formas
de vivir sin ti:
el par de nombres que tomé
la cuasi-adicción que a nada me llevaba
el vagaje
el quebranto del alma.

Y volverte a sentir
¡ampárame Dios ante la vida ahogada!
y atontada sentir
que vuelvo a la imagen
en que encapuchado del color de tu dejo
por última vez amando
te vi.

domingo, 23 de marzo de 2014

Íntimo

A las mujeres las entierran solas... parecen estériles...
Ay, dónde queda,
la alegría de niños en su primera salida
junto al curso en etapa escolar,
ay,
ay,
ay.
Y por qué hacerlas!
Por el puro placer.
Y por qué no hacer?
...
Y por qué no hacer
y por qué no hacer.
Porque no soy fértil,
¡de mí no mana nada!
Ay de mí,
el íntimo invierno.
Ay de mí, ay de mí,
el largo aliento;
y los pesos son percibidos de manera individual

sábado, 8 de marzo de 2014

Sol del litoral

      Tus ideales claros se filtran por tu mirada de obsidiana, sol del litoral. En tus manos se generan mundos, completos; yo los veo. Cuando mueves las perillas del telescopio, como jugando al borde de tu ventana, con ese ceño en tu cara un poco fruncido que sólo se iguala al que pones cuando discutes, con tus amigos, bebiendo cerveza perdida por la ciudad. Esos vientos, suaves, que se hacen cuando tiendes la ropa; cuando acaricias tu gato pensando en quién.
      Quién fuera astro bendito para poder haber ungido, tocado aunque fuera solo una vez, tu cuerpo: y haberlo abrazado de ese halo de aves gráciles que te colinda, colibrí.
      Quién fuera la mejor báltica o el más fuerte whisky, hija de esteparios, que tu Verdad tocara y al quebranto de tu alma hiciera hablar.
      Tú, que llevas el estandarte de la victoria: cuando escribes, cuando hablas, cuando vas a comprar el pan. Yo, que corro y me siento junto al que haya en la escalera, sólo para verte pasar. Y me saludas, y a veces sonríes; cómo olvidar cuando encrespaste los ojos luego de esa vez que, con tu hermano, pasaste con un volantín del Wanders y por ser del mismo equipo despejé la vía y te dejé pasar. Cómo creerle a tal mentira: sería como pensar que uniéndome al séquito de admiradores, de amantes vacíos cuyos labios tocas, te haría un poco más feliz.
      Y es que te admiro hace años, desde la calle de la casa naranja que de la tuya está un poco más allá, por si uno de estos días con tu paso seguro y tu mirada de universo frente mío quieres pasar. Como un regalo, claro. Y es que te conozco de tanto que te he mirado y oído, y sé que sólo el nombre de Él tu ademán de trotamundo hace temblar.
      Y tú, que eres el sol del mundo, y que te encuentro a veces suspirando sin consuelo. Y yo, que sólo quiero hacerte feliz.
      Y tú, que del cerro te viras: por más comodidad, un jardín. Y yo, que pensaré siempre en ti. Pero, no te preocupes, que las caléndulas en el patio de tu amiga han sido sólo el comienzo. Y es que, como buen aprendiz de jardinero, me he encargado de convencer a Teresa en la micro sobre las avellanas y sus bondades, para que cocine y te alegre sin darse cuenta. Y eso es sólo una parte: ya verás como, al llegar la temporada, luego de una noche inmensa en que espero no estés triste, abrirás las cortinas y verás cómo se ha llenado de lavandas tu jardín.

martes, 28 de enero de 2014

Titania

TITANIA.–Come, my lord; and in our flight,
              Tell me how it came this night
                  That I sleeping here was found
                   With there mortals on the groud
                                       William Shakespeare

    Soñaba con K. todos los días, cada noche. No tenía claro si es que se había formado, en su cabeza, por vestigios de lo que hasta el momento había vivido; por deseos, anhelos y pesares, que se habían acumulado y habían cobrado vida, con un rostro cualquiera que quizá la había llamado en la calle, alguna vez.

    No tenía claro nada acerca de él más que sus facciones, mezcla de lo duro y afilado, de lo moreno revuelto con la luz del ocaso, de esa boca, esos pómulos, esos dientes, todo duro, pero que ocultaban un interior dispuesto y desafiante, a hacerla vivir de verdad.

    Se le aparecía, día a día, en contexto y situación imaginable: sin diálogos, sin voz. Oculto tras un turbante, en las eternas planicies persas. Como un primo cualquiera, en una reunión familiar. Peleando, a caballo, contra los invasores españoles, y aparentemente indiferente, labrando la tierra de una hacienda en un tiempo imposible, con una camisa a cuadros a medio abrir. Cientos de veces, cruzándosele en la calle, y clavándole esa mirada que la hacía sucumbir.

    Y era ahora, esta noche y entre las luces de colores parpadeantes, al ritmo de una canción cualquiera en inglés, que se le había clavado esa misma mirada desde el otro lado del salón: esos ojos del tono intermedio entre la tierra seca, y los troncos de los árboles cuando empiezan a arder.

    –K.

    No existía ninguna seguridad en su cabeza durante el momento: se le removieron las bases del mundo. Dudó de todo. De si realmente conocía a las personas que la rodeaban, con las que había hablado tantas veces; de si realmente se había despertado aquel día y de la veracidad de las paredes que sostenían esa casa que tantas veces había visitado. De si realmente era azul el vestido que finamente había decidido ponerse, en compañía de sus amigas, para la fiesta de Fabiola.

    Ahora nada parecía real, sólo él. Los gestos rígidos, pero lánguidos y precisos. Esos movimientos con los pies, seguros. El pelo negro, como la brea, y esa risa atrayente y hostil; las cejas rectas, que con su nariz perfilada daban el aire desafiante. Todo en él lo hacía evidente, así como era obvia e inherente a él la inicial de su nombre: atrevida, diferente, aguda, profusa y seca.

    –K.

    Y la llamaba. La llamaba con cada movimiento de los brazos, de los ojos claros; con cada uno de sus ademanes. A ella, la racional y madura, la con un aire distante y a veces algo altanero. A ella, que se jactaba por dentro cada vez que alagaban su conducta sosegada, cada vez que sonreían ante sus comentarios astutos. A ella, de cuyo autocontrol se hablaba y cuya relación con Ricardo era tema de mención. A ella, la que no podía más.

    –Ricardo…

    Precipitadamente, corre y sale por la puerta de la sala. El general la queda mirando escasos segundos, y continúa con la celebración. Sólo Fabiola hace evidente la preocupación y va tras ella. Apoyada en el gomero, como refugiándose entre las hojas, la encuentra, respirando exaltada.

    –Flaca, ¿algo te pasa?

    La mirada atenta de Fabiola la trae de vuelta a tierra. Su amiga, siempre compasiva y dispuesta, le toma ambas manos.

    –Te conozco, mírame y tranquila.
 
    Fabiola, tan apaciguadora. Desde niñas, su apoyo constante. Ella, la verdaderamente humilde y tranquila. Junto a ella conoció a Ricardo y Javier, años atrás.

    Eran niños aún, les faltaba tanto por crecer. Javier y Ricardo, tan diferentes al resto de los hombres de su edad, tan estables. El primero llevaba casi tres años junto a Fabiola; a tan corta edad parecían marido y mujer. Asimismo, Ricardo la llevaba cortejando casi el mismo tiempo de forma silenciosa. Ricardo, tan inseguro y entregado, tan necesitado de ella. Hace poco le había dado el sí, sin decirlo, a su relación…

    –Sé que no vas a querer contarme ahora flaca, por eso aprovechemos. Entremos a bailar, mira que es mi cumpleaños, ya vas a ver como se te pasa, y mañana hablamos con calma, ¿ya?

    La miró. Su mirada. Su cumpleaños. Más que sus palabras, más que ella, era el hecho lo que la había hecho asentir y encaminarse hacia dentro. Diecisiete años. Diecisiete, y esa mirada, y esos movimientos, y esa relación. Esa forma de tratarse con Javier, de ver la vida, de sumirse. Amaba a Fabiola, la amaba  más que a nadie en el mundo, y la respetaba, sí, la respetaba, pero no era como ella, ni quería serlo. Llevar una existencia flácida, básica, y contentarse con ello. Dedicarse al resto, y contentarse con Ricardo, y dedicarse a él. Oírlo y abrazarlo, quererlo y sentirse querida ante sus intentos de hacerla feliz: llevar una existencia estable y apacible. Parecerse a su madre, y a sus tías y a su abuela; a Fabiola, muerta en vida a los diecisiete años. No. No podía.

    –No…

    Ante ella, de nuevo, estaba él: más evidente, más prohibido y más atrayente y necesario que nunca ante la epifanía de la vida que estaba condenada a llevar, fuera con Ricardo o fuera con cualquiera que no fuese él: K.

    Y la mira, y ella lo mira a él. Y entre las palabras de Fabiola ahogadas por la música se desprende de su mano que le toma el hombro, y camina, como hipnotizada. Y decidida se le acerca y sin mover un músculo lo mira. Él, sabiendo que es suya desde siempre y que ahora él ha sido capturado, se aleja de la otra con que bailaba: una mujer sin rostro, una mujer como Fabiola. Y se acerca. Y ella lo tiene a un palmo, y es aferrada por la espalda al tiempo que un destello azul hace brillar los ojos de K; se observan, se respiran. Y se separan y giran, y se le ha erizado cada vello del cuerpo. Y se miran y se tocan. Y trompican en un paso tan coordinado que si alguien los observara pensaría que se conocen, pero no. Nadie los mira. Nadie los observa. Están ellos dos solos: ella y K. Ella y los ojos del color del viento. Ella y sus dedos enlazados con los suyos: sosteniéndola, apretándola. Ella y el aroma que en los sueños la hace arder.

    Y ahora bailan. Borbotean. Se consumen y renacen. Van de un lado a otro, se rozan, se rechazan; rebotan, vuelven a trompicar. Y en un momento quedan quietos, y se observan los ojos, los labios. Definitivamente es él. Definitivamente es ella. Por primera vez, definitivamente, son ellos.

    Y se miran, y él se acerca. Y al momento de sentir la llama fulgurante dentro suyo, el calor que creía inaccesible; de sentir que le brota algo de adentro, que se convierte en agua y fuego y que la tierra se estremece hasta lo más profundo, él se detiene. Se aleja. Pero la mira, y le toma la mano y camina, y ella lo sigue. Y se le revuelven los sentidos, y se confunde con el cambio de las luces artificiales por la del influjo lunar. Aún así, no le importa. Nada le importa, no teme a nada: sostiene la mano de K.

    Y la lleva a través del gentío, y se internan entre los arbustos y quedan, en un claro, absolutamente solos. La deja, avanza un metro, se detiene y voltea. La mira fijo, como abriéndosele, como haciéndose suyo. Levanta la cabeza, y entreabre los labios, potenciándose cada uno de sus rasgos bajo la luz saturnal.

    Y ella lo contempla, y se emociona. ¡Va a hablar! Va a escuchar su voz por vez primera. Escuchará el rumor del océano profundo; la voz de los celacantos, el canto de Caín. Desde el próximo momento, existirá un sonido que la hará completamente ajena: la orden absoluta.  Que la hará otra. Que la hará doblegarse para siempre, que cada vez que la escuche la hará cambiar de parecer. Existirá en el planeta algo que en cualquier momento la podrá sacar de sí, para quizá jamás devolverle a sí misma su propiedad.

    Y da la vuelta y corre. Y se corta los brazos con las ramas y no le importa. Y se tropieza con personas y sigue sin voltear, aterrorizada. Y toma su chaqueta; no le importan sus zapatos ni cuándo los ha perdido. Y abre la puerta y sale rauda, sin mirar atrás.


                                                                       * * *

    Una vez en la avenida, baja el ritmo de la caminata. En la parada del bus, se detiene, y su corazón se apacigua; respira. Llena de aire sus pulmones, una y otra vez, y mira la luna. Necesita a Ricardo. Lo necesita incluso más que él a ella. Necesita sus requerimientos, necesita excusarse en que se le entrega y lo ayuda. Hacerse evidente a sí misma que se sacrifica día a día, sin nunca mencionarlo. Porque lo hace a conciencia. Porque es ella misma la que sabe qué posibilidades ha abandonado, y a qué no se arriesgará jamás. Porque está en pleno uso de sus facultades, y no hay nada en este mundo, que ella conozca, que la haga doblegar. Porque sabe, conociéndose a sí misma, que al lado de Ricardo no buscará nuevos horizontes y opciones. Que, por su ego y compasión, no se rebajaría y no se permitiría buscar, fuera de sus sueños, nuevamente a K. Que, junto a él, estará sana y salva.


                                                                        * * *

La fiesta ha terminado. Se han quebrado tres vasos, un par de borrachos duermen en la sala y las amigas íntimas conversan vaguedades en la habitación.  Mientras, Fabiola lava los platos y reflexiona acerca del año que pasó: un año de victorias. Ante esto, suspira y se detiene; se lo permite. Cierra los ojos un momento, y sueña –sólo sueña– con A.




miércoles, 15 de enero de 2014

Deseos

C. Kavafis

A cuerpos hermosos de muertos que no envejecieron
y los guardaron, con lágrimas, en un bello mausoleo,
con rosas en la cabeza y a los pies jazmines -
se asemejan los deseos que pasaron
sin cumplirse; sin merecer una
noche de placer, o una mañana luminosa

domingo, 12 de enero de 2014

Mi ser por fin Vengado



Mi mandíbula se cierra entre tu patética carne faldera que nunca supo, ha sabido o sabrá hacer algo bien. Mis manos se retuercen ante tu cuello desfigurado por el balance perfecto de mi crimen consumado y esa risa idiota que no dejaba de salir de tus inferiores labios. Gozo con el hedor de ésa pútrida mezcla de tu sangre que no volverá, y de mi sudor que espero volver a oler sobre el cuerpo que me has quitado. Rata usurpadora. Conquistador desalmado. Cómo vivías con lo mío por derecho entre tus brazos, sin estar atento a que mi sombra se posara entre la luna y tu ventana y dejara caer mi cuchillo con afán enrabiado sobre tu penoso corazón humano. Infame esbozo de soledad en mi mente has dejado por haberme quitado al ser que más amo.  Imperdonable pecado y maldito mi pecho aún exaltado. Mi corazón masacrado. Se regocija. Ante tu rostro ahora desfigurado. Por la fuerza que Ares en mi cuerpo poseído ha depositado.  Y que ha actuado. Dejando el camino despejado. Para correr y a sus brazos lanzarme exaltado. Para comer su lengua y hacer mías sus manos. Sus pecados. Sus confesiones  y sus llantos. Para devorar sus temores y hacer míos sus labios. Sólo míos. Para llevar a mi cama y hacer el amor para siempre enlazados. Sin nadie que sobre. Sin tu presencia rodeando. Mi sentimiento desbordado. Por mis ojos, mis manos, el puñal y tu cuerpo reventado. En un punto condensados. Amándolo. Con la fuerza con que contigo he terminado. Porque te odio. Y el sentimiento maldito aún no ha terminado. Por haber sabido aunque fuera por segundos que en su cama has estado. Que su todo has tocado. Y porque en sus recuerdos sigues palpitando. Así que te sigo estrangulando. Te sigo destrozando. Escupiendo y pulverizando. Celebrando. Ante tu cuerpo inerte y mi ser victorioso proclamado. Que ya no estás. Ya no volverás. Y mi ser dignificado podrá actuar. Y ya no teniendo a quien culpar. Veamos quién será el que ahora por mí sufrirá…