I
Cada día te quiero más; tengo la
seguridad. Y no sé muchas más cosas: no sé si me quieras, no sé si vuelva a
verte pronto, no sé si te interese mucho volverme a ver. Y me carcome, y me
carcome, un poco, tu ausencia; pero no importa porque cada día te quiero más. A
ese tú grisáceo que tengo como en la nuca en las tardes: cuando hablo de
nimiedades, cuando acaricio el gato, cuando estoy comprando el pan; siempre tú
ahí. Tú, tú, tú.
Ese tú que está dentro mío a la
manera de una de esas cosas como lagartijas pegajosas que se pegan: tú, entre
mi nuca y el medio de mi espalda, adherido siempre como un gheko azul. Y
cambias conmigo: lo que me dijiste se va borrando, y quedan manchones. Y como
sé lo que piensas de algunos temas porque hablamos mucho y vi tus ojos de perro
hacer esos gestos y cómo tirabas los
labios más de lo normal en ciertas palabras, lo sé. Y hablo contigo, siempre. Y discuto,
siempre discuto: tú, díscolo; tú, jugando y hurgando en esas penas mías con tu
tacto de mano violeta incluso cuando no estás.
Y ese tú muta, y sé que está
dentro mío y sé que me gusta; lo sé. Y hablamos en mis recovecos: sentados en
la micro, caminando a una hora que nunca hemos compartido, en una once inventada
en mi balcón. Y sé que ése es el que brota y tiembla mi semblante cuando música
de un piano escucho y siento que ardo de amor. Y tú, tú eres ahora del que
quiero ser copista; tú, hablando de tus temas propios —algunos, como dije, los recuerdo;
ya son míos—. Tú, tocando tu melodía y yo allí, mirándote la boca y los ojos
de perrito y transcribiendo, haciéndote arte dentro mío. Y, ¿eres tú sólo
dentro mío, o eres real?
Y es que hay dos tús. Uno gris
plomo, como esos pantalones de señor que vendo en la tienda, y uno blanco, como
la espuma del mar; creo que son siameses de la espalda, de esos que nunca se
pueden tocar. Y uno mira a veces al frente, y hablo consigo, y el otro para
atrás y no lo puedo ni ver. Y uno es borroso, como nube, y hablo consigo en mi
cabeza; tú, del día a día siempre mi cadencia. Y me habla y sé que lo amo y sí,
quiero tener consigo hijos cuando escucho al viejo tocar el piano en el camino,
en las tardes. Y tiene esos gestos, definidos, que adoro y admiro, y es Lucien.
Y hay otro, abrupto.
Que llega. Que brota. Que se
mueve y yo no entiendo realmente qué. Que a veces se me cruza en el día a día:
una tarde en la facultad; en un cumpleaños, que nos topamos. Tú, que me hablas
a veces, y yo te hablo a ti. Tú, con muecas que no tengo asimiladas. Tú, con tu
opinión sobre temas que no habíamos tocado. Tú, que hablándome de cerca eres
como una anaconda que desde esa zona negra de la juntura entre las piernas
hasta la cresta del cráneo me hace vibrar. No eres un gheko, serpiente negra.
No eres una imagen en plena repetición: como esos mensajes, enviados en los sesentas
al espacio esperando alguna respuesta alien, y que reverberan en la nada para
siempre jamás.
Y no sé cómo juntarlos. Y sé cual
vale más. Hay uno que veo, y yo siento, algo que no puedo escribir porque no me
da el aliento. Y hay otro del que sí puedo hablar. El que es una parte de un
largo proceso. Uno que me acompaña, día a día. Ay, Dios: qué vale más.
II
Y aún, ante la duda, no puedo
frenar mi torrente de palabras. Ay, dos crestas de gallo, una arriba y una
abajo. De un gallo bravo, grande, en el desierto. Y eso en la bolita de cristal
—de
esas baratijas navideñas, que agitas y vuela la nieve— de un magnífico dictante, o de
un gordo antisocial cuya vida se resume
en ver tele desde la casa de su madre en San Javier. Y webea y webea, y no
importa. Y webea y webea, sin más. ¿Y eso importa?
Hay un ser ahora, bífido. Hay un
animal con la mitad dentro mío y la otra fuera, donde no la puedo mirar. Que se
agita, ¡como la cola de un pescado siendo engullido! Y es ése, ese movimiento,
el que me precipita hacia un sentimiento de estupefacción. Lo digerido, claro,
me ha hecho pensar: tengo opiniones, imágenes creadas en la cabeza,
maduraciones cual fruta en conserva; son moradas, verdes, azules: magníficas
por el tiempo y la precisión de la depuración. Pero, planas: porque no brillan,
porque están definidas; han sido quemados los extremos. Planas, porque no son
fricción.
Y hay otra. Otra parte. Una que
no veo. Una que se me asoma y parece que por la boca se me va a salir lo que
estoy comiendo y todas las tripas que he acumulado: ¡porque la amo! Porque amo.
Porque hay como un fruto rojo de cera de esa que no se come, de esa que no me
deja adentrarla, de esa que siempre está saliendo y que siempre se va a
vomitar: porque no es mía. Porque no es mía. Porque no es mía. Y no puedo
hacerlo y es un juego constante y una persecución cada tarde para arrancar del
cinturón del compañero el pañolín. Pero, no puedo hacerlo. Y es porque el
pañolín es su cola. Y al tirarla me dice algo que no sabía. Y al tirarla me
dice algo que no había pensado. Y al tirarla me hace vibrar.
Y al tirarla me hace vibrar. Y al
tirarla como ninguna otra cosa me hace vibrar.



