viernes, 5 de septiembre de 2014

Nasca

Del verde pelo a tu piel
tres pasos;
cuatro;
no, tres.

Y crepito incandescente en la espera:
refuljo entre la lluvia como si fuera
la primera vez.

Hojas de abeto
ollas de la Era que murió
pero:
tus palabras susurradas
-qué importa que los cantos del poeta
hayan desaparecido;
tú las recuerdas-
pero:
condimentos de las pocas especies que
el Diluvio superaron
dentro tuyo y mío
en decocción.

El agua
la mía.

Tu dejo
el fulgor.

El tuyo y el mío
concreta pasión sorda.
Oh, nuestra noche
el temblor.

Camelias del recuerdo penden
de los cerezos al alba nubosa.
La brisa, el maullido, el amor
tú, tú, tú.

Esperanza inquieta
pero serena.

Mi tranquilo corazón
al compás.

Tu choque y el mío
el remezón de los cimientos malhabidos
ahora tranquilos
listos para la unión

y que nazcan continentes nuevos:
árboles de troncos gruesos; sus frutos flamantes
caminos que cruzar, y el sonido del choque de mil metales.
Nasca Nueva.
El arrase de lo que no nutrió.
Pero:
tu risa y la mía
y la sincera conversación.

Temporales y gritos de viejos muertos
y los míos y tus padres cansados por la vida injusta
ante el mundo que quedó.
Y tú y yo, frutos de un dolor
de un tono tan magno
que ante tal sitio nuevo
como no estarlo dispuesto a poblar.

Y quién más que tú y yo,
los del ímpetu rocoso
capaz de brotar, fulminar y concretar–
para juntar las manos
cualquier día, sentados en la micro,
mirarnos
y la empresa comenzar.

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