domingo, 21 de septiembre de 2014

Bastión

Mi pecho agoniza por desilusión roja viva
y mi cabeza nivela el cuerpo contra la gradiente a la que tu falta me tiene condenado.
La fuerza de mi corazón vacío mantiene en vela mis manos abiertas
esperando que se estrechen por un algo que llego a pensar no existe
y sólo mi mente inventó.
Porque en los momentos que estás eres demasiado
y en los que tu última mirada se posa en el alma mía
y las tardes y noches pasan y pasan
dejas de existir.

Mi cuerpo desnudo se revuelca sobre sí mismo
intentando sacar algo que no llego de nada ni nadie
captar, encontrar, retener
y que sólo en tus ojos he visto
esbozo de perfección latente.

Mi cabeza da vueltas y trompica sobre sí misma
y se extrapola  hasta los rincones del imaginario al que Dios me tiene condenado
cuando tú no estás a mi lado
y a mil fines esperados y a un lustro de años soñados llego a vivir
con los ojos casi cerrados.
Casi.
Porque sé que entre las paredes de mi mente sólo estás
Recuerdo fantaseado
Éxtasis consagrado. 

Y que al salir de mi paréntesis inventado llego a un espacio en el que no estás contemplado.
Felicidad armoniosa.
Dicha en persona.
A un lugar que no me llena,
no me motiva ni sorprende.
Donde tu falta carcome cada una de mis vísceras y me deja para siempre sin aliento:
abismo eterno que dejas entre mis huesos
maldito que viene para sólo dejar falta.
Inmenso espacio sin salida;
fruta que brilla al ingerirla y que termina dentro mía podrida.
Que carcome mi carne día a día
y mi mente fuera de mí sintoniza
en tu esencia; lejanía.
Que me saca con fuerza y me arroja brutalmente de vuelta.
Que al piso me lanza y que con inútil fe me levanta
pero que me sostiene y aguanta
en un dolor punzante y constante.
En un cojeo eterno.
En un pasado que motiva y destroza,
en un  hoy que no pasa y en un mañana que no llega.
En un camino con tu nombre al final
pero con burlas e insultos escritos al paso.
Lleno de callejones con seres horribles que mutilan mi todo
y matan mi visión del demás. 
Con un cielo nublado que no cambia
y un calor sofocante que no deja de hacerme estallar.
Pero que acepto y sigo constante. 
Sonriente.
Perseverante.

Porque al final de ningún otro camino está el premio de verte sonreír…

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