lunes, 27 de octubre de 2014

64 bits

Del rojo aliento en la noche
a tu rastro
un trato;
no, tres.

Un beso a tu mejilla
entre alfileres de tu amar unos alfiles
y yo allí
tu caballo bailarín.
El nunca por tus labios expresado:
el de las noches, el polvo, los astros.
Que sube a tu pelo, juega en tu chasquilla
baja a tus manos y de monte en monte se pone a pasear:
se posa en tu tranquilo Venus
rueda por tu abrupto sol
abraza la hierba de tus dedos:
cálidas mañanas, risa ante el pesar.
Hace una barcaza de tu silencio
y baja por el río que te atraviesa:
el tuyo y mi Loa de quebranto y oscuridad.

¿Por qué a mí me dejas cauto entrar
y prender velas?
Cual Jhony Quest
cual maya estela
sus paredes afirmando a mis palmas de lagarto
y la lengua saco
y me dispongo a probar:
tu llano, tu miedo, tu paseo;
tu cracatoa
y tu arte en fulgor.
Tú, arte flúor: de purpúreos paseos y pantalones colorados
de dientes de retruécano
y hombros marmoleados que sostienen
un cielo:
de carneros, de villanos y colores pokemón.

Vámonos a un Gameboy
-sal del otro lado de la consola
y entra al juego del caballo bailarín-
y seamos tres:
tú, yo, la risa;
tú, yo, el birlar:
al Capital, a los felinos, a los pasosos;
a los pescadores, al patriarcado, a supermán.
Préstame uno de esos polerones de colores de Lovecraft
y ponte en la noche un abrigo de Bombal
y salgamos a las calles que es Noche de Brujas
y  burlémonos de aquéllos que incluso hoy llevan antifaz.
Ay, tú y yo mañana, cuando no haya disfraces
¿aunaremos ganas?, ¿iremos a arrullar?
Dejaremos de lado nuestros tonos,
del orbe el borde:
de los ocho alacranes la cañería habitada
del primer cabrito rojo; ay, tu pasión.
Del especimen ya armado: con ojos, manos, deseos, fe.
Del especimen a punto de arder: tú, hijo de caldera y plutón.
Ay, ay, ay.


Ya conocimos las cartas:
de lo triste, colorido graficador.
Ya conociste mis jugadas:
mi María, mi coqueteo, mi corazón.
Ya bailamos el treinta y uno:
¡probaste entre festejos junto a mí el ron!
Y el trago amargo de mis penas
y la mutua confesión de que, hubiera o no lustrosos ropajes
para mí y para ti siempre era igual:
el siempre incomprendido;
el laberinto fácil
del que no se puede salir.

Vuelvo ahora a mis cuentos
a mis oscuras vertientes
de Verdad.
Al agua sucia, con calamares brillantes,
siempre limpiándose.
A mi juego de sentir y razonar.
Y te miro desde la pantalla que pregunta
si quieres empezar.

No me queda más que proponerte
-aún así he puesto versos sucios
para que rías al leer las etiquetas de tus vhs-
más que este juego
que te invento
y estoy dispuesto a cantar.

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