martes, 28 de enero de 2014

Titania

TITANIA.–Come, my lord; and in our flight,
              Tell me how it came this night
                  That I sleeping here was found
                   With there mortals on the groud
                                       William Shakespeare

    Soñaba con K. todos los días, cada noche. No tenía claro si es que se había formado, en su cabeza, por vestigios de lo que hasta el momento había vivido; por deseos, anhelos y pesares, que se habían acumulado y habían cobrado vida, con un rostro cualquiera que quizá la había llamado en la calle, alguna vez.

    No tenía claro nada acerca de él más que sus facciones, mezcla de lo duro y afilado, de lo moreno revuelto con la luz del ocaso, de esa boca, esos pómulos, esos dientes, todo duro, pero que ocultaban un interior dispuesto y desafiante, a hacerla vivir de verdad.

    Se le aparecía, día a día, en contexto y situación imaginable: sin diálogos, sin voz. Oculto tras un turbante, en las eternas planicies persas. Como un primo cualquiera, en una reunión familiar. Peleando, a caballo, contra los invasores españoles, y aparentemente indiferente, labrando la tierra de una hacienda en un tiempo imposible, con una camisa a cuadros a medio abrir. Cientos de veces, cruzándosele en la calle, y clavándole esa mirada que la hacía sucumbir.

    Y era ahora, esta noche y entre las luces de colores parpadeantes, al ritmo de una canción cualquiera en inglés, que se le había clavado esa misma mirada desde el otro lado del salón: esos ojos del tono intermedio entre la tierra seca, y los troncos de los árboles cuando empiezan a arder.

    –K.

    No existía ninguna seguridad en su cabeza durante el momento: se le removieron las bases del mundo. Dudó de todo. De si realmente conocía a las personas que la rodeaban, con las que había hablado tantas veces; de si realmente se había despertado aquel día y de la veracidad de las paredes que sostenían esa casa que tantas veces había visitado. De si realmente era azul el vestido que finamente había decidido ponerse, en compañía de sus amigas, para la fiesta de Fabiola.

    Ahora nada parecía real, sólo él. Los gestos rígidos, pero lánguidos y precisos. Esos movimientos con los pies, seguros. El pelo negro, como la brea, y esa risa atrayente y hostil; las cejas rectas, que con su nariz perfilada daban el aire desafiante. Todo en él lo hacía evidente, así como era obvia e inherente a él la inicial de su nombre: atrevida, diferente, aguda, profusa y seca.

    –K.

    Y la llamaba. La llamaba con cada movimiento de los brazos, de los ojos claros; con cada uno de sus ademanes. A ella, la racional y madura, la con un aire distante y a veces algo altanero. A ella, que se jactaba por dentro cada vez que alagaban su conducta sosegada, cada vez que sonreían ante sus comentarios astutos. A ella, de cuyo autocontrol se hablaba y cuya relación con Ricardo era tema de mención. A ella, la que no podía más.

    –Ricardo…

    Precipitadamente, corre y sale por la puerta de la sala. El general la queda mirando escasos segundos, y continúa con la celebración. Sólo Fabiola hace evidente la preocupación y va tras ella. Apoyada en el gomero, como refugiándose entre las hojas, la encuentra, respirando exaltada.

    –Flaca, ¿algo te pasa?

    La mirada atenta de Fabiola la trae de vuelta a tierra. Su amiga, siempre compasiva y dispuesta, le toma ambas manos.

    –Te conozco, mírame y tranquila.
 
    Fabiola, tan apaciguadora. Desde niñas, su apoyo constante. Ella, la verdaderamente humilde y tranquila. Junto a ella conoció a Ricardo y Javier, años atrás.

    Eran niños aún, les faltaba tanto por crecer. Javier y Ricardo, tan diferentes al resto de los hombres de su edad, tan estables. El primero llevaba casi tres años junto a Fabiola; a tan corta edad parecían marido y mujer. Asimismo, Ricardo la llevaba cortejando casi el mismo tiempo de forma silenciosa. Ricardo, tan inseguro y entregado, tan necesitado de ella. Hace poco le había dado el sí, sin decirlo, a su relación…

    –Sé que no vas a querer contarme ahora flaca, por eso aprovechemos. Entremos a bailar, mira que es mi cumpleaños, ya vas a ver como se te pasa, y mañana hablamos con calma, ¿ya?

    La miró. Su mirada. Su cumpleaños. Más que sus palabras, más que ella, era el hecho lo que la había hecho asentir y encaminarse hacia dentro. Diecisiete años. Diecisiete, y esa mirada, y esos movimientos, y esa relación. Esa forma de tratarse con Javier, de ver la vida, de sumirse. Amaba a Fabiola, la amaba  más que a nadie en el mundo, y la respetaba, sí, la respetaba, pero no era como ella, ni quería serlo. Llevar una existencia flácida, básica, y contentarse con ello. Dedicarse al resto, y contentarse con Ricardo, y dedicarse a él. Oírlo y abrazarlo, quererlo y sentirse querida ante sus intentos de hacerla feliz: llevar una existencia estable y apacible. Parecerse a su madre, y a sus tías y a su abuela; a Fabiola, muerta en vida a los diecisiete años. No. No podía.

    –No…

    Ante ella, de nuevo, estaba él: más evidente, más prohibido y más atrayente y necesario que nunca ante la epifanía de la vida que estaba condenada a llevar, fuera con Ricardo o fuera con cualquiera que no fuese él: K.

    Y la mira, y ella lo mira a él. Y entre las palabras de Fabiola ahogadas por la música se desprende de su mano que le toma el hombro, y camina, como hipnotizada. Y decidida se le acerca y sin mover un músculo lo mira. Él, sabiendo que es suya desde siempre y que ahora él ha sido capturado, se aleja de la otra con que bailaba: una mujer sin rostro, una mujer como Fabiola. Y se acerca. Y ella lo tiene a un palmo, y es aferrada por la espalda al tiempo que un destello azul hace brillar los ojos de K; se observan, se respiran. Y se separan y giran, y se le ha erizado cada vello del cuerpo. Y se miran y se tocan. Y trompican en un paso tan coordinado que si alguien los observara pensaría que se conocen, pero no. Nadie los mira. Nadie los observa. Están ellos dos solos: ella y K. Ella y los ojos del color del viento. Ella y sus dedos enlazados con los suyos: sosteniéndola, apretándola. Ella y el aroma que en los sueños la hace arder.

    Y ahora bailan. Borbotean. Se consumen y renacen. Van de un lado a otro, se rozan, se rechazan; rebotan, vuelven a trompicar. Y en un momento quedan quietos, y se observan los ojos, los labios. Definitivamente es él. Definitivamente es ella. Por primera vez, definitivamente, son ellos.

    Y se miran, y él se acerca. Y al momento de sentir la llama fulgurante dentro suyo, el calor que creía inaccesible; de sentir que le brota algo de adentro, que se convierte en agua y fuego y que la tierra se estremece hasta lo más profundo, él se detiene. Se aleja. Pero la mira, y le toma la mano y camina, y ella lo sigue. Y se le revuelven los sentidos, y se confunde con el cambio de las luces artificiales por la del influjo lunar. Aún así, no le importa. Nada le importa, no teme a nada: sostiene la mano de K.

    Y la lleva a través del gentío, y se internan entre los arbustos y quedan, en un claro, absolutamente solos. La deja, avanza un metro, se detiene y voltea. La mira fijo, como abriéndosele, como haciéndose suyo. Levanta la cabeza, y entreabre los labios, potenciándose cada uno de sus rasgos bajo la luz saturnal.

    Y ella lo contempla, y se emociona. ¡Va a hablar! Va a escuchar su voz por vez primera. Escuchará el rumor del océano profundo; la voz de los celacantos, el canto de Caín. Desde el próximo momento, existirá un sonido que la hará completamente ajena: la orden absoluta.  Que la hará otra. Que la hará doblegarse para siempre, que cada vez que la escuche la hará cambiar de parecer. Existirá en el planeta algo que en cualquier momento la podrá sacar de sí, para quizá jamás devolverle a sí misma su propiedad.

    Y da la vuelta y corre. Y se corta los brazos con las ramas y no le importa. Y se tropieza con personas y sigue sin voltear, aterrorizada. Y toma su chaqueta; no le importan sus zapatos ni cuándo los ha perdido. Y abre la puerta y sale rauda, sin mirar atrás.


                                                                       * * *

    Una vez en la avenida, baja el ritmo de la caminata. En la parada del bus, se detiene, y su corazón se apacigua; respira. Llena de aire sus pulmones, una y otra vez, y mira la luna. Necesita a Ricardo. Lo necesita incluso más que él a ella. Necesita sus requerimientos, necesita excusarse en que se le entrega y lo ayuda. Hacerse evidente a sí misma que se sacrifica día a día, sin nunca mencionarlo. Porque lo hace a conciencia. Porque es ella misma la que sabe qué posibilidades ha abandonado, y a qué no se arriesgará jamás. Porque está en pleno uso de sus facultades, y no hay nada en este mundo, que ella conozca, que la haga doblegar. Porque sabe, conociéndose a sí misma, que al lado de Ricardo no buscará nuevos horizontes y opciones. Que, por su ego y compasión, no se rebajaría y no se permitiría buscar, fuera de sus sueños, nuevamente a K. Que, junto a él, estará sana y salva.


                                                                        * * *

La fiesta ha terminado. Se han quebrado tres vasos, un par de borrachos duermen en la sala y las amigas íntimas conversan vaguedades en la habitación.  Mientras, Fabiola lava los platos y reflexiona acerca del año que pasó: un año de victorias. Ante esto, suspira y se detiene; se lo permite. Cierra los ojos un momento, y sueña –sólo sueña– con A.




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