Tus ideales claros se filtran por tu mirada de obsidiana, sol del litoral. En tus manos se generan mundos, completos; yo los veo. Cuando mueves las perillas del telescopio, como jugando al borde de tu ventana, con ese ceño en tu cara un poco fruncido que sólo se iguala al que pones cuando discutes, con tus amigos, bebiendo cerveza perdida por la ciudad. Esos vientos, suaves, que se hacen cuando tiendes la ropa; cuando acaricias tu gato pensando en quién.
Quién fuera astro bendito para poder haber ungido, tocado aunque fuera solo una vez, tu cuerpo: y haberlo abrazado de ese halo de aves gráciles que te colinda, colibrí.
Quién fuera la mejor báltica o el más fuerte whisky, hija de esteparios, que tu Verdad tocara y al quebranto de tu alma hiciera hablar.
Tú, que llevas el estandarte de la victoria: cuando escribes, cuando hablas, cuando vas a comprar el pan. Yo, que corro y me siento junto al que haya en la escalera, sólo para verte pasar. Y me saludas, y a veces sonríes; cómo olvidar cuando encrespaste los ojos luego de esa vez que, con tu hermano, pasaste con un volantín del Wanders y por ser del mismo equipo despejé la vía y te dejé pasar. Cómo creerle a tal mentira: sería como pensar que uniéndome al séquito de admiradores, de amantes vacíos cuyos labios tocas, te haría un poco más feliz.
Y es que te admiro hace años, desde la calle de la casa naranja que de la tuya está un poco más allá, por si uno de estos días con tu paso seguro y tu mirada de universo frente mío quieres pasar. Como un regalo, claro. Y es que te conozco de tanto que te he mirado y oído, y sé que sólo el nombre de Él tu ademán de trotamundo hace temblar.
Y tú, que eres el sol del mundo, y que te encuentro a veces suspirando sin consuelo. Y yo, que sólo quiero hacerte feliz.
Y tú, que del cerro te viras: por más comodidad, un jardín. Y yo, que pensaré siempre en ti. Pero, no te preocupes, que las caléndulas en el patio de tu amiga han sido sólo el comienzo. Y es que, como buen aprendiz de jardinero, me he encargado de convencer a Teresa en la micro sobre las avellanas y sus bondades, para que cocine y te alegre sin darse cuenta. Y eso es sólo una parte: ya verás como, al llegar la temporada, luego de una noche inmensa en que espero no estés triste, abrirás las cortinas y verás cómo se ha llenado de lavandas tu jardín.
Voy a llorar
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