miércoles, 1 de enero de 2014

Mi redentor

Yo quiero sólo ser tu esbirro.
Seguir viviendo al son de tus pisadas,
y escuchar y tener por ley todo lo que llegue a salir de tus labios.

Ser como tú la boa constrictor, y yo el lagarto más mínimo,
ambos desafiantes,
y revolcarnos en el suelo de nuestra jungla reprimida,
la tierra húmeda de las pasiones sofocadas del dentro tuyo y del mío,
y ahogarnos en el forcejeo mutuo de las pieles escamadas,
de fricción áspera y piel dura, pero lubricado por el cebo mutuo.

Y es que al haberte conocido todo ha ganado y a la vez perdido el sentido.
Porque ahora todo se ha reformulado, y el sol quema distinto
y veo al mundo diferente y en cada acción que cometo está la ansiedad tiritante
de que cada segundo que pasa estoy más cerca de volver a sentir tu olor:
le perfección química para el libido más palpitante al que he llegado en mi vida,
mi redentor.

Y es que todo lo que yo era ha tornado en lo animal y extasiado,
y he desechado mis cánones sociales y mi autocontrol entrenado,
por el hecho y la razón de que en tu piel veo el apocalipsis de mi raciocinio:
el génesis de la pasión absoluta.

Y soy capaz de embrutecer mi semblante ante todo lo que amé.
Y me dispongo a dejar los recuerdos más hermosos que forjé en la gruta recóndita del olvido.
Y niego a mi origen y abandono la posible descendencia.
Desecho el nirvana y la autorrelización,
y los sueños posibles e incluso las metas relizables e inmediatas,
todo.
Absolutamente todo.
Para poder descansar mi mejilla sobre tu ombligo en el vientre opaco y perfecto,
y poder deslizar mi mentón sobre tu piel tensa, y apuntar mis ojos hacia arriba
y apreciar tu semblante desafiante a todo lo que esté al frente, a lo existente y al horizonte.
Y aferrarme a tus caderas, el agudo contorno de Caín,
y trepar y quedarme en frente tuyo.
Y observar tu mirada, estridente, y poderosamente directa,
del color intermedio entre el viento
y los troncos de los árboles cuando empiezan a arder.
Y detenerme un poco en tus labios, la voluptuosa armonía,
y sentir el calor emanando de tu cuerpo fibroso;
las clavículas rígidas, a la defensiva,
los músculos apretados para el posible ataque, como en toda ocasión.
Y sentirme tan cerca de algo tan grande, que me deja entre la seguridad
y el resquemor de que puedo dejar de existir en tus brazos para siempre.
Y que enfoques toda tu alma en mis ojos, con ese encono que marca todo tu accionar,
y me aferres fuertemente la cabeza con tus manos que aceleran el pulso de lo que tocan,
y pongas esa sonrisa desafiante por el segundo que será el vástago de mi perdición.

Y sentir tu pelvis cálida chocando a la mía,
y el extasiado contacto de mi corazón con el tuyo
teniendo por intermediarios sólo nuestros pectorales desnudos.
Y sentir el vapor caliente que exhalan tus pulmones,
rapsodia al ritmo de mi pulso exacerbado.
Y sentir como todo mi ser se derrumba:
ha llegado el momento temido y esperado tras todos mis actos.

Y ahí, rozando la ebullición de mi cuerpo y alma,
dejarme por tus ojos y tu lengua colérica ser clavado,
y llegar a un punto inimaginable e imposible de ser contado.

Y hacerme agua y fuego,
y sentir que me lleva el viento
y que la tierra se estremece hasta lo más profundo.
Y perder la noción del tiempo y los sentidos,
y perderme por completo: me sublimo.

Y tener la convicción de que nada existe realmente además de tu cuerpo,
tu alma, tu obra y tu vida,
y que todo valor y sentido eran sólo aparantes antes de conocerte a ti.

Así que sin peros me declaro sin decirlo con los labios, hijo de Odín.
Hombre oscuro y tenaz, no me importa si vienes del mismo infierno,
o si eres tan sólo un mortal.
Para mí tu palabra es orden, y tu deseo es meta por alcanzar.
No existe nada más que tus designios, y ahora lo que tú eliges
son los pecados y la bondad.

Eres mi Cristo,
tu espacio es mi Nirvana,
y tu tiempo mi Kairós.

Tus ojos lo son todo,
y ya no importa mi pensamiento, mi obra, mi palabra o mi omisión:
Segador de mi espíritu,
ahora tú eres mi único Señor.

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