12/04/2011
Más no se podía
–Y no vuelvas –me dijiste con la mirada mientras me empujabas a la suerte del destino que hasta ese día creía justo.
– ¿Y no que me amabas? –murmuraron mis labios tensos ante tu partida.
–No puedo amar a nadie –clavó tu nula expresión en mi exaltado pecho–. Lo siento.
Y con el sonar de las ruedas y el abandono del que me siento preso que el sonido ajeno insinuaba, caí sobre mis desechas rodillas. Intenté correr tras tus huellas. Gritar para alcanzar tus oídos. Y llorar sobre el pasado roto hasta quedar dormido. Pero no podía. Nada podía. Las lágrimas no llevaban a nada. Y tu imagen se entremezclaba con los de seres que no conocía, que me atacaban y me hacían sufrir. Y por miedo a más dolor me dejé llevar. Y corrí y corrí por las calles. Maldije al par de estrellas que entre el cielo iluminado por mentiras coronaba mi ruina, e insulté a la acera pútrida de deseos y vivencias inconclusas de gente quizá como yo o quizás como tú. Y me detuve en una y en diez partes. Y desvarié ante perros y pinturas. Ante farolas y personas. Y mi todo fue cayendo pedazo a pedazo entre semáforos en rojo y callejones oscuros, en todo el mundo desconocido, hasta llegar al punto a desconocerme a mí. Y me perdí. Entre las bocinas y los insultos. Entre las buenas palabras y las fantasías de cristal. Entre el olor a tanto de un antro y el común de una esquina usada. Entre ojos ambiciosos, gestos perdidos y la nubosa imagen de la sonrisa de ti. Y me dejé llevar. Por una y diez personas. Y me hicieron de todos mientras mi expresión era de nada. Y pasé por un parque de juegos infantiles maltratados como yo, y ante un río dudé si seguía con vida o no. Pero no me importó. Y así seguí. Con motivación cambiante pero a la larga nula, y con caras que se supone a esa altura ya debía conocer pero no podía. Porque esa no era mi vida. Esos no eran mis ojos. Esas no eran mis manos. La que usaba no era mi boca. Y todo porque no te miraba. No te tocaba. Y no te besaba a ti. Y amaneció. Una y cien veces. Y te olvidé dos y doscientas. Pero en la nada que sentía tu fantasma figuraba haciéndome sentir incompleto. Siempre vacío. Así que te busqué. Entre las millones de personas que deambulaban en el día y en la noche. Rebusqué entre todos los rostros que llegué a ver. En toda calle. En la tierra y el cielo. Pero no te encontraba. Y pregunté y pregunté. Pero ya no sabía tu nombre. No recordaba tu cara. Y los pocos recuerdos ya parecían mentiras. De un perdido cualquiera. De un asco de persona. De una puta sin nombre y un borracho constante. E incluso llegué a entender que nada era verdad. Que sólo lo que se desplegaba ante mis ojos existía y que no había más realidad. Y el brillo con que intentaba mantenerte escapó de mis ojos. Lejos. Muy lejos. Y las caras se me hicieron conocidas. Y empecé a conocer lo que tocaba. Apreciar lo que miraba y entender lo que vivía. Y así menos me importó. Porque aunque fuera el universo que me correspondía lo sentía vacío. Tan pero tan vacío. Porque había soñado con algo hermoso. Armonioso y perfecto. Con un yo que no parecía demacrado. Con alguien que me llamaba por mi nombre, que ya también había dejado. Donde mi sonrisa no emanaba melancolía. Y otra se producía ante la mía. Donde mi mano estaba enlazada y los ocasos valían, porque un día feliz desaparecía. Y no donde mi cuerpo era un trabajador más, y el inicio de la noche significaba dormir a tu lado y no con el ser que tuviera de alojarme el amparo. De hacerme suyo y botarme. A la calle otra vez. A la basura. A la basura. Que era lo mejor que podía pedir. Porque qué más merecía. Qué más merecía si nada de mí salía, más que gemidos de rata retorcida cuando dormía y en mis sueños viejas imágenes aparecían, y alucinados quejidos cuando contados humanos a mi rostro se dirigían, preguntando qué quería y de dónde provenía.
– De donde mismo vienes –a veces respondía, los días en que la fe en la vida de otros me prometía–. Y a un lugar al que si nunca te entregas no llegarás.
Y esos mismos días, en la noche perdón a nadie pedía por la mentira. Porque más que el vacío que la punzante vida que tenía nada de nada me hacía, había una sensación en mi pecho que me decía que por lo menos uno y diez minutos la pena habían valido en mi existir. Y mal mi mente se sentía por negar esa oportunidad a gente nueva en la vida. Y más el corazón me ardía por perder la oportunidad de tener un compañero con el cual volver a llorar.
–Ya estoy perdido –Me respondía cuando esos condicionales arruinados a mi cabeza venían.
Pero un día. Alguien me respondió. Me siguió. Me prometió. Me tomó y me amó. Me hizo suyo de verdad y la nada y el todo extinguió. Pero nada en mí cambió.
–No puedo amar a nadie –Susurré ante su ser derrumbándose–. Lo siento.
Y con una frialdad inmensa a sus ojos luminosos observé hasta que su luz se apagó. Y sin más adiós la puerta cerré, y seguí raudo, sin mirar atrás. Pero al alejarme su imagen me seguía.
Y ahí entendí que si habías corrido ese día, era porque las lágrimas se habían derramado de tus ojos también.
Más no se podía.
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