jueves, 18 de diciembre de 2014

Purpúreo

Voy a una universidad, para un día trabajar y moverme en lo que yo quiero. Para entender, desde cierto prisma cual más ojo de águila que muchos otros. Para desenvolverme mejor, con un foco y un fin que me hagan feliz. Y, mientras, busco trabajo, en cualquier basura. Y llego a una oleada de entrevistas, cual abrasión. Y confío en mí: observo, persevero; siempre observo. Realmente soy capaz, lo sé. Nadie puede revocármelo ahora. Pero entro. Y me rechazan con las mismas pruebas que me enseñan que no sirven en la Universidad. Pero me rechazan… porque mi letra es de puntas, cual cataléptico respiro. Porque genero mares por las manos, a momentos, y el sudor chamusca el papel.
Y me dicen que no sirvo.
Y vuelvo a tener dieciséis y sonrío lastimero; siento que me hubieran disparado con un arco… Mis manos. Mis distintas manos: que tocan pieles, llenas de cariño sincero; que gestualizan, buscando transmitir mis impulsos: francos, y por ello contradictorios; como los de cualquier humano. Mis manos que antes se sentían solas, y a nadie tocaban. Y hoy se vuelen a sentir así…
Y vuelvo a ser Rogue: el impío, el distinto. Al que lo excluyen por razones de mierda: porque suda, porque toma raro el lápiz, porque le gustan los muchachos. Y que tiene un abrumo dentro; un quebranto solo. Y que sólo quiere auxilio. En la boca de otro: un respiro. Y que mueve las caderas, magnífico, en una danza a la espera, siempre sola. Y que suele abrir los ojos, ladeando el pescuezo, mirando un rostro. Esperando febril respuesta; ojalá fueran mis pestañas capaz de lanzar viento y de a los extraños hacerme mirar.
Pero no.
Estoy solo, un poco, quizá. Todos lo estamos. Y sí, añoro tacto. Aún. Han pasado años. Y es menos, pero aún.
Y me han ponderado. Dado un valor. Sacado indicadores desde un método pobre, para ver si útil soy. Y me dicen que no. Es estúpido; me ven por fuera. Sólo una cáscara; hay tanto de lo que soy capaz. Y
Y me pongo a odiar: a las empresas, a las mujeres con tacos; a los hombres paseando perros en el barrio alto. Y me pongo a maldecir a los que me han herido. El caldo primordial se voltea sobre mí y siento sierpes, ojos de sapo. Y bullo y, moviendo las caderas en la calle, al ritmo de la música de un pub, maldigo: “ustedes me dicen raro; ¿creen que mis puntas no tienen nada de poder?” Ustedes sabrán de lo que soy capaz.
Ustedes, con su mañoseo en la dicción que los hace hablar como idiotas –no crean que por tener más dinero son mejores; venimos de lo mismo, y ustedes no conocen bien a los que intentan imitar; yo sí, y no son como ustedes: que no observan, no ponderan, no esquematizan. Ellos tampoco lo hacen, pero no importa: no tienen a quién imitar.
Ustedes, que tanto insultan, tanto engullen y no sueltan, tanto pululan.
Ustedes, que los amo infinitamente y añoro su justicia y su felicidad.
Yo, que soy parte de ustedes. Yo, que sintiéndome ajeno, presto a llorar: a crear esquirlas de lo que ignoran, o fingen hacerlo, hermanos.
Yo, que me pongo a hilvanar, y creo versos de a partir de la mierda. Yo, que pinto y rejunto y hago cordeles, desde los que, con mis manos de almeja, a ustedes puedo tocar.

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