viernes, 26 de diciembre de 2014

Bermellón

I
Cada día te quiero más; tengo la seguridad. Y no sé muchas más cosas: no sé si me quieras, no sé si vuelva a verte pronto, no sé si te interese mucho volverme a ver. Y me carcome, y me carcome, un poco, tu ausencia; pero no importa porque cada día te quiero más. A ese tú grisáceo que tengo como en la nuca en las tardes: cuando hablo de nimiedades, cuando acaricio el gato, cuando estoy comprando el pan; siempre tú ahí. Tú, tú,  tú.
Ese tú que está dentro mío a la manera de una de esas cosas como lagartijas pegajosas que se pegan: tú, entre mi nuca y el medio de mi espalda, adherido siempre como un gheko azul. Y cambias conmigo: lo que me dijiste se va borrando, y quedan manchones. Y como sé lo que piensas de algunos temas porque hablamos mucho y vi tus ojos de perro hacer esos gestos y cómo tirabas los  labios más de lo normal en ciertas palabras,  lo sé. Y hablo contigo, siempre. Y discuto, siempre discuto: tú, díscolo; tú, jugando y hurgando en esas penas mías con tu tacto de mano violeta incluso cuando no estás.
Y ese tú muta, y sé que está dentro mío y sé que me gusta; lo sé. Y hablamos en mis recovecos: sentados en la micro, caminando a una hora que nunca hemos compartido, en una once inventada en mi balcón. Y sé que ése es el que brota y tiembla mi semblante cuando música de un piano escucho y siento que ardo de amor. Y tú, tú eres ahora del que quiero ser copista; tú, hablando de tus temas propios —algunos, como dije, los recuerdo; ya son míos—. Tú, tocando tu melodía y yo allí, mirándote la boca y los ojos de perrito y transcribiendo, haciéndote arte dentro mío. Y, ¿eres tú sólo dentro mío, o eres real?
Y es que hay dos tús. Uno gris plomo, como esos pantalones de señor que vendo en la tienda, y uno blanco, como la espuma del mar; creo que son siameses de la espalda, de esos que nunca se pueden tocar. Y uno mira a veces al frente, y hablo consigo, y el otro para atrás y no lo puedo ni ver. Y uno es borroso, como nube, y hablo consigo en mi cabeza; tú, del día a día siempre mi cadencia. Y me habla y sé que lo amo y sí, quiero tener consigo hijos cuando escucho al viejo tocar el piano en el camino, en las tardes. Y tiene esos gestos, definidos, que adoro y admiro, y es Lucien. Y hay otro, abrupto.
Que llega. Que brota. Que se mueve y yo no entiendo realmente qué. Que a veces se me cruza en el día a día: una tarde en la facultad; en un cumpleaños, que nos topamos. Tú, que me hablas a veces, y yo te hablo a ti. Tú, con muecas que no tengo asimiladas. Tú, con tu opinión sobre temas que no habíamos tocado. Tú, que hablándome de cerca eres como una anaconda que desde esa zona negra de la juntura entre las piernas hasta la cresta del cráneo me hace vibrar. No eres un gheko, serpiente negra. No eres una imagen en plena repetición: como esos mensajes, enviados en los sesentas al espacio esperando alguna respuesta alien, y que reverberan en la nada para siempre jamás.
Y no sé cómo juntarlos. Y sé cual vale más. Hay uno que veo, y yo siento, algo que no puedo escribir porque no me da el aliento. Y hay otro del que sí puedo hablar. El que es una parte de un largo proceso. Uno que me acompaña, día a día. Ay, Dios: qué vale más.

II
Y aún, ante la duda, no puedo frenar mi torrente de palabras. Ay, dos crestas de gallo, una arriba y una abajo. De un gallo bravo, grande, en el desierto. Y eso en la bolita de cristal —de esas baratijas navideñas, que agitas y vuela la nieve— de un magnífico dictante, o de un gordo antisocial  cuya vida se resume en ver tele desde la casa de su madre en San Javier. Y webea y webea, y no importa. Y webea y webea, sin más. ¿Y eso importa?
Hay un ser ahora, bífido. Hay un animal con la mitad dentro mío y la otra fuera, donde no la puedo mirar. Que se agita, ¡como la cola de un pescado siendo engullido! Y es ése, ese movimiento, el que me precipita hacia un sentimiento de estupefacción. Lo digerido, claro, me ha hecho pensar: tengo opiniones, imágenes creadas en la cabeza, maduraciones cual fruta en conserva; son moradas, verdes, azules: magníficas por el tiempo y la precisión de la depuración. Pero, planas: porque no brillan, porque están definidas; han sido quemados los extremos. Planas, porque no son fricción.
Y hay otra. Otra parte. Una que no veo. Una que se me asoma y parece que por la boca se me va a salir lo que estoy comiendo y todas las tripas que he acumulado: ¡porque la amo! Porque amo. Porque hay como un fruto rojo de cera de esa que no se come, de esa que no me deja adentrarla, de esa que siempre está saliendo y que siempre se va a vomitar: porque no es mía. Porque no es mía. Porque no es mía. Y no puedo hacerlo y es un juego constante y una persecución cada tarde para arrancar del cinturón del compañero el pañolín. Pero, no puedo hacerlo. Y es porque el pañolín es su cola. Y al tirarla me dice algo que no sabía. Y al tirarla me dice algo que no había pensado. Y al tirarla me hace vibrar.

Y al tirarla me hace vibrar. Y al tirarla como ninguna otra cosa me hace vibrar.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario