Entre las
caricias y la ropa que se perdían sobre la cama y el placer físico intercambiado,
las confesiones de tu boca de pronto brotaron, y nos encontramos cara a cara conversando.
Mis oídos atentos a tu confianza de la nada surgida, hasta que sin darme cuenta mis temores también arrojé.
–Eres el tipo de persona del que cualquiera se
podría enamorar –Dijiste con tu vista concentrada en el vacío a mi lado.
–Claro –debí
haberme imaginado–. Cualquier persona menos tú.
De todas
formas, sonreí. Clavé mis labios en los tuyos y me quisiste por ese par de
horas, para no hacerlo más.
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