miércoles, 30 de octubre de 2013

En mi cielo hay árboles hermosos, de ramas con personalidad, que se curvan y me fascinan, con sus hojas bailando al viento, libres.

En mi infierno están los que amo –algunos, más no son necesarios– pero me han traicionado. Han perdido lo que los hacían hermosos, y ha sido culpa de mí. Abundan allí las traiciones, y la falta de verdad y fe, pero qué importa: yo también me ha perdido, y ya me he traicionado. Allí los hombres son lo peor de sí mismos, y todos se han acostumbrado. Han perdido, absolutamente todos, el brillo en sus ojos. Yo, también, soy visto como lo peor que puedo llegar a ser, y allí esa es mi realidad.
Las pasiones que tanto he controlado en mi vida allí se me insinúan de forma obscena, y se consuman o no, si ha de pasar es de forma grotesca.
No hay amor. No hay esperanza. No hay autocontrol. No hay sueños por la mañana. No hay colores ni viento ni agua borboteando, sólo gris y lo peor de los sentimientos, las pasiones, el jolgorio y la cotidianidad. No hay arte. No hay música. No hay autorrealización. No hay amor. Puedo tener a todos los que he deseado, de cualquier forma, pero eso no vale nada: jamás podría conocer su interior, hermoso, porque no existe.

En mi cielo hay árboles inmensos, majestuosos. Viento y agua; música. Yo, en paz, en compañía de los recuerdos más hermosos, intactos, de lo que más bello que viví. Nada más.

27 - 8 - 2012

2 comentarios:

  1. No existe tal cosa como el cielo y el infierno; sí hay alma y hay brillo de lo recién nacido.

    pd: los árboles son hermosos, pero finitos. Las mesetas, por otra parte, son tan vastas que ni ven su propio final.

    Tuya,
    Lud.

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  2. Amo lo finito: la hoja que trompica, el pasto en la llanura al viento; las pestañas largas de tu ojo, quizá el último ojo que tu afán proyectará por estas vidas, sierpe mía.

    Tuyo, haya o no cielo haya o no brillo,
    N.

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