no hay sinfonía.
Tu mano sobre la mía
la alboroza presión.
Los padres del huérfano
con sentido letanías.
Qué, ¡tálamo!
¡qué posible perfección!
Y las tardes acurrucados en primavera lluviosa
fuego crepitando
y tu calor;
la fantasía que carcome.
Y tu sonrisa para la mía
el ojo risueño
la piel
tuya
¡qué Ángel semejante destino nos dio!
Y la estrella fulgente
la carta recíproca
el astro compartido
tus brazos alrededor.
¡¿Y qué?!
¡¿Cuándo?!
¡¿Qué nunca?!
Y por qué...
Albatroz extraviado
el canto del celacanto.
La llama conspicua,
¡potente contensión!
Y dónde estás
que jamás podré escucharte
y dónde estás
que jamás te podré cambiar.
Garúa de los cielos,
mi ansiada roja entraña.
Sueño perdido
ramo de rosas que nunca se dio.
Que nunca podrá darse
invierno consumido.
Que jamás por tu mente pasará
mi corazón.
Susurro de los mares
de conchas nunca compartido
La frustrada verdad nuestra:
tú, yo, la trinidad.
Y el edificio en el centro
sin más mueble que un colchón.
Y tú y yo
tendidos en el piso viendo series noventeras
sin más que el mutuo amor.
Y la ropa escaza
tu cuerpo por la misma playera
siempre apretado.
Y los proyectos venideros
comprar sólo mantequilla orgánica
y la revolución.
Y qué importara si no hubiera celacantos,
si los gorriones siempre en la ventana cuando
[lavaras los platos.
Y a qué llevara el siempre ser yo
si contigo hubiera futuro prometedor.
Y la crítica amable
contante mejora
Y tu pecho
excelsa Verdad.
Y el desvío del recto camino
el onírico delirio.
Y recordar tus ojos
y a quién siempre van a mirar.
Y sentir tu mano
por motivo mundano
y entender que nunca será.
Y hoy canto al necio
yo mismo.
Y hoy canto a lo constante
la gravedad
Y a lo invariable e inextricable
molinos de viento
y a lo que nunca irá a cambiar
el que es sólido y jamás podrá volar.
Hoy
canto a lo imposible.
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