En mi cielo
hay árboles hermosos, de ramas con personalidad, que se curvan y me fascinan,
con sus hojas bailando al viento, libres.
En mi infierno
están los que amo –algunos, más no son necesarios– pero me han traicionado. Han
perdido lo que los hacían hermosos, y ha sido culpa de mí. Abundan allí las
traiciones, y la falta de verdad y fe, pero qué importa: yo también me ha perdido,
y ya me he traicionado. Allí los hombres son lo peor de sí mismos, y todos se
han acostumbrado. Han perdido, absolutamente todos, el brillo en sus ojos. Yo,
también, soy visto como lo peor que puedo llegar a ser, y allí esa es mi
realidad.
Las pasiones que
tanto he controlado en mi vida allí se me insinúan de forma obscena, y se
consuman o no, si ha de pasar es de forma grotesca.
No hay amor. No hay
esperanza. No hay autocontrol. No hay sueños por la mañana. No hay colores ni
viento ni agua borboteando, sólo gris y lo peor de los sentimientos, las
pasiones, el jolgorio y la cotidianidad. No hay arte. No hay música. No hay
autorrealización. No hay amor. Puedo tener a todos los que he deseado, de
cualquier forma, pero eso no vale nada: jamás podría conocer su interior,
hermoso, porque no existe.
En mi cielo
hay árboles inmensos, majestuosos. Viento y agua; música. Yo, en paz, en
compañía de los recuerdos más hermosos, intactos, de lo que más bello que viví.
Nada más.
27 - 8 - 2012
27 - 8 - 2012