Y que empiece la fiesta. La congregación. El bochinche y el habla. ¡Que se congreguen los enamorados! Borboten, mentes desinteresadas. Tropiquen, corazones enarbolados. ¡Qué sonrían! ¡Qué griten! ¡Qué bailen! Yo no me escondo, sólo bailo. Recuérdese. Agítese el chiste y el razonamiento y la opinión y el habla. ¡Discútese, incrépese! ¡Trencése la risa en torno al mutuo desacuerdo y al esta noche misericordioso impacto del pasado! Revolotee el escrutinio mutuo y la palabra afilada, el intermcabio, el ataque, el apaciguamiento. Piensa y di. No pienses que no quiero ser parte; no creas que me excluyo. Que no se cruce por tu cabeza que temo, que rehúyo, que tiemblo. Que evado la tertulia, ¡Remolino! Que me oculto de los que conocen mi ayer, ¡punzante daga que quema! Que enternezco la mirada y río de mentiras, ¿¡Que yo despotrico por dentro y mi alma llora?! ¡Jamás! Aquí no hay secretos: Yo no me escondo, sólo bailo. Quiero mover los pies, para qué preocuparme. No quiero mover la lengua; es cansador. Mejor mover los labios: coquetear con la mirada. Articular la boca haciendo alusión a himnos de un tiempo mejor. De un tiempo: tan sólo noches de jolgorio. De algo que no es ni siquiera noche: momentos de alegría pasajera. De algo que no es alegría pasajera: tan sólo distensión. Mover los labios, sólo moverlos; y también los pies y los brazos. Para qué emitir sonido. Y rotar y levantar una pierna. Y piso y me despliego, ¡aquí soy el mudo rey! No hay opinión emitida Creencia enjuiciable ni pasado mercenario Careta valedera ni biografía cuestionable. ¡aquí soy el mudo rey! Y trompico y me deslizo, y roto una y a otra y a otra dama. Muevo las caderas, arqueo la sonrisa. Sofoco los murmullos de la vida amarga que brota a tan sólo unos pasos donde conversan mis guerreros de antaño (mi vida amarga, por haber sido ellos partícipe y testigos de algo que cuando los escucho se renueva). Y dejo de mirar de reojo y creo en mi cuento. ¡Creo en mi corona y mi báculo inexistentes! Y me corono como el rey del silencio: el arlequín desatado, el rey de la tierra sin nombre ni pasado; ¡aquél que construye un presente sin dolor ni voz! Y ofrezco mi idílico reino a quién se presente. Y nada observo ni pienso ni enjuicio. Y abrazo cuerpos sombríos y sostengo caderas sin rostros (no enfoco la mirada para no tener más material que recordar). Y me lleno de sensaciones y sonidos. ¡Y no me importa si es que todo ha sido por azar o destino! Ahora no importa si alguien manda sobre mí: no es evidente. Ahora qué vale si es que hay alguien que hable de mí: no puedo concentrarme en pensarlo. Ahora qué importa si es que saben quién he sido: en este momento soy tan sólo el mudo rey. Aquél que no se oculta, y sólo baila. Aquél cuyo presente es glorisoso y vida anterior en valor es escasa, y sólo baila. Aquél inigualable. Coqueto y magífico. Sin pasado y sin voz. Aquél no que no se oculta, y sólo baila. Aquél que no busca esconderse un trecho de las voces, y sólo baila. Aquél que por un momento siente que no tiene que volver: arlequín que no es prisionero, ahora que no es lo anterior. Y sólo baila y no tiene nada que lo entremezca; que lo entremule. Y sólo baila y no tiene nada de qué ocultarse, lamentarse ni fingir.
lunes, 9 de septiembre de 2013
Reunión
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