domingo, 1 de septiembre de 2013

CANTO POLILLA

Cada hoja del árbol ha caído.
Cada alegría había sido en vano.
Las palmas de mis manos se despliegan, se separan.
Yacen suspendidas;
mis sentidos ya no sirven para nada.

Y maldigo el bramar silencioso.
Me tomo, me lanzo. Me huyo, me grieto, me reniego.
Cómo haber confiado en mí mismo.

Cómo no haber confiado en las promesas
del sentimiento límpido.

Y canto al magma. Y rocío con lejía tu recuerdo.
Tuyo; mío, no tuyo.
Qué, nuestro, ¡qué posibilidad anulada!

Y trompico, me baño en malaria.
Me cubro de infinitas pieles andrajosas,
me escabullo entre los extraños y me cubro
de escombros, de recuerdos olvidados.

Y allí me agito. Y allí brota la bilis y
me arde la médula en los huesos.
Y allí asesino toda mariposa,
¡despotrico contra cada viento!
Agito mi alma cual halo venenoso
¡Rocío con lejía tu recuerdo!

Y me tiendo en el piso, de forma brusca,
esporádica.
Me levanto, reviento,
tiemblo.
Envío al averno plegarias maniáticas.

Y me hundo en mí mismo,
me siento junto a las garrapatas.
Me ovillo, y prendo una luz trémula cerca mío.
Crío polillas en mi diafragma.

Revolotean; lentas, moribundas.
Me hacen sentir un poco en vida;
llenan mi cuerpo de emociones escasas.
Como si nada, respiro: bendigo, ahora, mi luz.
Como la escarcha que fácil huye,
retiro el polvo de entre mis cabellos:
me levanto, ya no me escondo.

Como la garza que se sostiene en una pata,
me sostengo.
Enfoco mis pupilas,
ya no agacho la mirada.


Con valor doy tres pasos,
agito mi cuerpo.
Giro y muevo los brazos;
canto a mi interior.

Canto a lo muerto,
a lo olvidado.
A las nereidas,
a los celacantos.

Levanto el canto, y grito.
Grito, grito, y siento arcadas:
abro la boca, y expulso, desde dentro,
larvas, tal vez orugas.

Viscosas: verdes, azules.
Entumecidas, enceguecidas por la luz.
Temerosas de lo que les espera, pero
dispuestas a vivir.

A trepar, a seguir,
a revolcarse.
A verse bombardeadas por zorzales,
a arriesgarse.
A levantarse,
y echar frente.

Con ellas, salgo, y miro al sol.
Desafío a las nubes, a la tierra; al solsticio, al huracán.
Ahora bendigo a los tréboles, a los laureles.
A las posibilidades, al mar.
Con fuego en la mirada,
estoy dispuesto a continuar.

Hay algo nuevo,
algo que desde dentro
me motiva más que nunca a seguir.
Algo nuevo, brillante, fulguroso: más esclarecedor que el nunca.

Ahora, tu recuerdo arde como la brea.

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