miércoles, 11 de septiembre de 2013

Arde ante mí la metrópolis,
tréncese el fuego cruzado:
de sueños, contradicciones, temor y pasión.
Desafíame, hijo de Caín,
¡atácame, que el dínamo encendido ya no se puede parar!

No me culpes
entiéndelo.

Enviado soy:
inmune e intocable.
Puedo morir, no ser o no estar;
nada importa mientras siga con la convicción.


Oprímeme y tómame, fuerte, del brazo;
¡deja que me suelte y permíteme seguir golpeando!
Ateo, desafiante empedernido contra lo inevitable
te escupo y te miento:
hombre sin rostro, ¡no necesito aparentar frente a ti!

Quién soy y quién eres tú,
¡qué importa!
A quién atacas y a quién defiendo,
¡qué importa!
A quién miras cuando lanzas perecedera pedrada:
sólo a mí.

Y te alcanzo con el humeante brazo de mi corazón ajetreado,
te violento y atrapo.
Y toses y te revuelcas ante mí,
¡el acorazado! ¡el inherte!
No como tú, valeroso hombre resentido
que no ha perdido la pasión.

Y actúo como miles de otros, y sobre ti me abalanzo,
supuesto culpable del horror.
Y te miro, y te lo pido,
en silencio;
date cuenta.

Y te miro, y te lo pido:
date cuenta.
Entre las llamas, ¡ocultos entre el hollín!
Todos hurticados, ambos bastardos,
arrebatados y tendidos en la lucha excenta o colma de sentido,
¡llenos de verdad!
Mírame y arráncame de vuelta;
violéntame,
¡encapúchame y sácame de aquí!

Cúbreme con velo negro y cámbiame el mundo;
haz que vuelva a creer que si lucho es para mí.


1 comentario: