domingo, 29 de septiembre de 2013

Dejo

Tender a rocío, a palmera orillada.

Encajar lo omitido, escondido,
fantasmas profusos,
pensares.

Inclinarse a ingeniero,
poeta,
sílfide,
estrella.
Rata almizclera.

Y captar el bramido de la ira cubierta de benevolencia subyugada por la lana:
el resentimiento y cansancio en la mirada de en el metro una anciana.

Y ostentarse por el poderío dado por la vista supuestamente enrabiada:
hago a los que se cruzan agachar ante mi paso la mirada.

Y circundar lo delirante, por la risa despótica.
Y ahondar en lo profundo: leo en el metro.
Y rozar el roce de mis pasiones subyugadas: sonrío a veces pensando en.

Y caer en el juego: agotarse, mentir, revolcarse.
Y hacer como que se sale y como que se entra
una y otra vez.

Tenderse a bullir o revolotear.
Atisbar que se es y se está a destiempo.

A veces, con los movimientos y palabras, dejar entrever
que se ha abandonado el razonamiento por puro impulso, furia, pasión.
Que no se es más que un tonto sirviente de las emociones, sentimientos,
rondando en busca de satisfacción.

Porque eso es lo que quieren que piense.
Porque eso es lo que quiero que piensen.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Arde ante mí la metrópolis,
tréncese el fuego cruzado:
de sueños, contradicciones, temor y pasión.
Desafíame, hijo de Caín,
¡atácame, que el dínamo encendido ya no se puede parar!

No me culpes
entiéndelo.

Enviado soy:
inmune e intocable.
Puedo morir, no ser o no estar;
nada importa mientras siga con la convicción.


Oprímeme y tómame, fuerte, del brazo;
¡deja que me suelte y permíteme seguir golpeando!
Ateo, desafiante empedernido contra lo inevitable
te escupo y te miento:
hombre sin rostro, ¡no necesito aparentar frente a ti!

Quién soy y quién eres tú,
¡qué importa!
A quién atacas y a quién defiendo,
¡qué importa!
A quién miras cuando lanzas perecedera pedrada:
sólo a mí.

Y te alcanzo con el humeante brazo de mi corazón ajetreado,
te violento y atrapo.
Y toses y te revuelcas ante mí,
¡el acorazado! ¡el inherte!
No como tú, valeroso hombre resentido
que no ha perdido la pasión.

Y actúo como miles de otros, y sobre ti me abalanzo,
supuesto culpable del horror.
Y te miro, y te lo pido,
en silencio;
date cuenta.

Y te miro, y te lo pido:
date cuenta.
Entre las llamas, ¡ocultos entre el hollín!
Todos hurticados, ambos bastardos,
arrebatados y tendidos en la lucha excenta o colma de sentido,
¡llenos de verdad!
Mírame y arráncame de vuelta;
violéntame,
¡encapúchame y sácame de aquí!

Cúbreme con velo negro y cámbiame el mundo;
haz que vuelva a creer que si lucho es para mí.


lunes, 9 de septiembre de 2013

Reunión

Y que empiece la fiesta.
La congregación.
El bochinche y el habla.
¡Que se congreguen los enamorados!
Borboten, mentes desinteresadas.
Tropiquen, corazones enarbolados.
¡Qué sonrían!
¡Qué griten!
¡Qué bailen!

Yo no me escondo,
sólo bailo.

Recuérdese.
Agítese el chiste y el razonamiento 
y la opinión y el habla.
¡Discútese, incrépese!
¡Trencése la risa en torno al mutuo desacuerdo
y al esta noche misericordioso impacto del pasado!
Revolotee el escrutinio mutuo y la palabra afilada,
el intermcabio, el ataque, el apaciguamiento.
Piensa y di.

No pienses que no quiero ser parte;
no creas que me excluyo.
Que no se cruce por tu cabeza que temo,
que rehúyo,
que tiemblo.
Que evado la tertulia, ¡Remolino!
Que me oculto de los que conocen mi ayer,
¡punzante daga que quema!
Que enternezco la mirada y río de mentiras,
¿¡Que yo despotrico por dentro y mi alma llora?!
¡Jamás!
Aquí no hay secretos:
Yo no me escondo,
sólo bailo.

Quiero mover los pies,
para qué preocuparme.
No quiero mover la lengua; es cansador.
Mejor mover los labios: coquetear con la mirada.
Articular la boca haciendo alusión a himnos de un tiempo mejor.
De un tiempo: tan sólo noches de jolgorio.
De algo que no es ni siquiera noche: momentos de alegría pasajera.
De algo que no es alegría pasajera: tan sólo distensión.
Mover los labios, sólo moverlos; y también los pies y los brazos.
Para qué emitir sonido.

Y rotar y levantar una pierna.
Y piso y me despliego,
¡aquí soy el mudo rey!
No hay opinión emitida
Creencia enjuiciable ni pasado mercenario
Careta valedera ni biografía cuestionable.
¡aquí soy el mudo rey!

Y trompico y me deslizo, y roto una y a otra y a otra dama.
Muevo las caderas, arqueo la sonrisa.
Sofoco los murmullos de la vida amarga que brota a tan sólo unos pasos
donde conversan mis guerreros de antaño
(mi vida amarga, por haber sido ellos partícipe y testigos
de algo que cuando los escucho se renueva).
Y dejo de mirar de reojo y creo en mi cuento.
¡Creo en mi corona y mi báculo inexistentes!
Y me corono como el rey del silencio:
el arlequín desatado,
el rey de la tierra sin nombre ni pasado;
¡aquél que construye un presente sin dolor ni voz!

Y ofrezco mi idílico reino a quién se presente.
Y nada observo ni pienso ni enjuicio.
Y abrazo cuerpos sombríos y sostengo caderas sin rostros
(no enfoco la mirada para no tener más material que recordar).
Y me lleno de sensaciones y sonidos.
¡Y no me importa si es que todo ha sido por azar o destino!
Ahora no importa si alguien manda sobre mí: 
no es evidente.
Ahora qué vale si es que hay alguien que hable de mí: 
no puedo concentrarme en pensarlo.
Ahora qué importa si es que saben quién he sido:
en este momento soy tan sólo el mudo rey.

Aquél que no se oculta, y sólo baila.
Aquél cuyo presente es glorisoso y vida anterior en valor es escasa, 
y sólo baila.
Aquél inigualable.
Coqueto y magífico.
Sin pasado y sin voz.

Aquél no que no se oculta, 
y sólo baila.
Aquél que no busca esconderse un trecho de las voces,
y sólo baila.
Aquél que por un momento siente que no tiene que volver:
arlequín que no es prisionero,
ahora que no es lo anterior.

Y sólo baila
y no tiene nada que lo entremezca;
que lo entremule.
Y sólo baila
y no tiene nada de qué ocultarse,
lamentarse ni fingir. 

miércoles, 4 de septiembre de 2013

2

No pienso ceder.
No pienso rogar.
No pienso perder.
No pienso ganar.

No espero andar por ahí propugnando mensajes de hastío.
No pienso ir e implorarte, de rodillas, que me mires
me veas
me escuches
me sostengas
me roces
me acaricies;
palpites conmigo.

No pienso cometer los mismos errores del pasado.
No pienso cambiar.
No quiero darte falsedades
y no quiero que sepas mi verdad.

No pienso.
No pienso.
No pienso.

Si fuera cándida kadima;
escandalosa damisela en peligro:
frágil, empero,
con ímpetu conquistador.

Si fuera majestuoso caballero
de oro en la mirada,
imponente altura;
de tu belleza mecenas pequebú.

Pero sólo pienso.
Sólo pienso.
Sólo pienso.

domingo, 1 de septiembre de 2013

CANTO POLILLA

Cada hoja del árbol ha caído.
Cada alegría había sido en vano.
Las palmas de mis manos se despliegan, se separan.
Yacen suspendidas;
mis sentidos ya no sirven para nada.

Y maldigo el bramar silencioso.
Me tomo, me lanzo. Me huyo, me grieto, me reniego.
Cómo haber confiado en mí mismo.

Cómo no haber confiado en las promesas
del sentimiento límpido.

Y canto al magma. Y rocío con lejía tu recuerdo.
Tuyo; mío, no tuyo.
Qué, nuestro, ¡qué posibilidad anulada!

Y trompico, me baño en malaria.
Me cubro de infinitas pieles andrajosas,
me escabullo entre los extraños y me cubro
de escombros, de recuerdos olvidados.

Y allí me agito. Y allí brota la bilis y
me arde la médula en los huesos.
Y allí asesino toda mariposa,
¡despotrico contra cada viento!
Agito mi alma cual halo venenoso
¡Rocío con lejía tu recuerdo!

Y me tiendo en el piso, de forma brusca,
esporádica.
Me levanto, reviento,
tiemblo.
Envío al averno plegarias maniáticas.

Y me hundo en mí mismo,
me siento junto a las garrapatas.
Me ovillo, y prendo una luz trémula cerca mío.
Crío polillas en mi diafragma.

Revolotean; lentas, moribundas.
Me hacen sentir un poco en vida;
llenan mi cuerpo de emociones escasas.
Como si nada, respiro: bendigo, ahora, mi luz.
Como la escarcha que fácil huye,
retiro el polvo de entre mis cabellos:
me levanto, ya no me escondo.

Como la garza que se sostiene en una pata,
me sostengo.
Enfoco mis pupilas,
ya no agacho la mirada.


Con valor doy tres pasos,
agito mi cuerpo.
Giro y muevo los brazos;
canto a mi interior.

Canto a lo muerto,
a lo olvidado.
A las nereidas,
a los celacantos.

Levanto el canto, y grito.
Grito, grito, y siento arcadas:
abro la boca, y expulso, desde dentro,
larvas, tal vez orugas.

Viscosas: verdes, azules.
Entumecidas, enceguecidas por la luz.
Temerosas de lo que les espera, pero
dispuestas a vivir.

A trepar, a seguir,
a revolcarse.
A verse bombardeadas por zorzales,
a arriesgarse.
A levantarse,
y echar frente.

Con ellas, salgo, y miro al sol.
Desafío a las nubes, a la tierra; al solsticio, al huracán.
Ahora bendigo a los tréboles, a los laureles.
A las posibilidades, al mar.
Con fuego en la mirada,
estoy dispuesto a continuar.

Hay algo nuevo,
algo que desde dentro
me motiva más que nunca a seguir.
Algo nuevo, brillante, fulguroso: más esclarecedor que el nunca.

Ahora, tu recuerdo arde como la brea.