Las recojo cada día; me encantan.
A pesar de que el día ande amargo o haya dormido poco o me haya ido mal en el
trabajo, recojo una cada día o las quedo contemplando del árbol y me conformo
con volver a ver a mi casa, luego, la que recogí el día anterior. Y me quedo a
veces diez, quince minutos mirándolas, o juego con ellas: les saco uno, dos
pétalos, o quizá qué cosa que sean, cáscara, semilla, y los rompo entre los
dedos pensando en las cosas buenas del pasado o me las pongo en el pelo. Y me
hacen feliz cada día porque siguen siempre iguales, y siento que cada día
alguien me entregó un ramo que no muere, que no se marchita, un algo que no se
pierde ni se muere con el tiempo y que brilla cada día como la primera vez.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario