lunes, 25 de noviembre de 2013

Cuál recuerdo es el mío

A veces entre lo real y mis recuerdos aparece mi sueño ambidiestro,
jugando a que tu realidad es mía en mis recuerdos,
y puedo jugar a que juegas con mi corazón ambiguo,
y puedo recordar que a veces terminábamos nuestros juegos,
y aparecíamos reales entre los corazones terminados,
que nunca pudimos soñar eran reales o recordados,
o simples divagaciones, entre lo derecho e izquierdo.
Entre lo real y y el sueño.
Entre los que son tuyos y los que son mi recuerdos.
Entre la realidad de tus sueños porque no son míos,
 y la ambigüedad de mis juegos que a veces recuerdo,
porque aún no entiendo cuál mano era la tuya,
y cuál es el ambiguo.
Si lo que pienso o sueño.
O lo que sueño que pienso.
Es la realidad,
es el recuerdo,
es el amor,
o es el sueño.
Ahora.
Antes.
Ahora y después.
A veces entre lo real y mis recuerdos confundo cuál es el sueño,
y cuál fue la realidad.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Músculo de Carne Rosácea que me hace soñar

Mi lengua indiferente,
plana.
Mi lengua traicionera,
distinta.
Que parece común,
pero que te desea
profundamente
hasta el fondo tuyo.
Éxtasis hecho humano,
que infiere el máximo orgasmo
haciéndote en la imaginación
ambrosía incomparable.

Juguete delicioso
Inalcanzable.
Motivo de sueños
Estupor ante ti.
Auto sugiriéndome indiferencia
Ser que provoca cadena
a mi músculo rosáceo,
deseando al tuyo.

Sexo incipiente montado
en instrumento de palabras esbozado.
Sujeto que desean mis dedos
para rodear
y hacer entrar en mi paladar.
Hacer tu carácter clima rodeando mis molares,
y convertir su saliva en lubricante de mis besos.
Sensualidad que se esconde.
Suceso excitante
que no existe
pero que me motiva más que
cualquier cosa que pueda existir.

Papilas danzarinas de bailes dudados
en torno a las mías.
Manos que toquetean las pieles más sensibles
que puedan existir en mis muslos.
Idea de palpar mi cuello con tu paladar exquisito
que desea el motor de mi cuerpo
por ti al máximo acelerado.
Mi mente insana
y mi corazón ansioso.
Sujeto que ansía mi sexo
por ti glorioso,
preparado para el placer
por ti susurrado.
Delicioso.
Extasiado.
Ansiado.
Pero,
aunque nada,
contentado.

Por haber gozado,
y continuar soñando
con tu lengua tocando
mi cuerpo.
Por haber  tenido la suerte
de haber presenciado
tu boca pronunciando
palabras triviales
Ante que en mi ser no eran
más que excitantes.

Y que tú sigas como siempre.
Y que yo siga como si nada.
Pero que tenga una serpiente de carne,
con la que en mis noches soñar.
Que mi solitaria lengua rozara.
Y que,
aunque no sea más que en sueños,
me hace hasta el máximo placer
llegar a gozar.

viernes, 15 de noviembre de 2013

La luz blanca o mi ser

Legadema se despertó.
No había más que piedra, fría e impenetrable, a dónde quisiera que mirase, a excepción de una ventana en la pared, que llevaba al más violáceo de los cielos.
¿Sería acaso que había llegado el fin?
Apretó sus puños, de uñas largas, y abrió fuertemente los ojos, de un amarillo que en su tiempo había sido único.
                                                                                Cómo seguirlo siendo ahora.
Respiró. Un aire dulzón,  mezcla de tierra gastada y frío penetrante, pero no atronador, entró por su nariz delgada, e invadió sus pulmones, que ya no parecían cansados.
¿Dónde habría quedado lo anterior?
El cabello, rubio y delgado, le caía sobre los hombros, pero casi no lo sentía. Cómo hacerlo, si se había acabo todo.
                                                                       El mismo vestido blanco de siempre.
Se levantó. Sintió el suelo, eterno hacia abajo, y miró al cielo, interminable hacia atrás.
¿Importaría que nunca hubiera llegado a ser?
Los labios rosáceos, sin cerrarlos por completo. Los ojos, muy abiertos. La expectación.
El caminar hacia lo desconocido.
Se asomó.
                                                                                                                                                   Lo eterno.
Las nubes que nunca acababan, hasta lo más que podía alcanzar su humilde vista, justo del color del único amanecer que tuvo valor. Los árboles desperdigados por la tierra espumosa, todos de corteza resquebrajada,  al igual que la existencia por la que pasó su corazón.
El sonido y la sorpresa.
Su amor, deambulando en la tierra. La punzada inmensa en el pecho.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              Cayó.
¿Sería que al haber caído ella, lo había hecho él también?
No podía ser. No podía ser. No podría ser.
“¿Por qué?” Maldecía su pecho enardecido. “¿No podía seguir aunque fuera sólo él?” “¿No podías dejarlo?”
El rayo. El sonido atronador.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             La luz.
Las sombras, proyectándose en la pared. Todas con formas del pasado que vivió.
Las risas, las penas y el dolor. Todas repitiéndose en el segundo que duró la luz blanca.
Lo peor: su semblante sin rostro, reflejado en la pared, más grande que todo lo demás.
La desesperación.
                                                                                                                                        El grito y la lucha.
“¿No podías dejarlo aunque fuera conmigo?”  “¿No me podías dejar feliz, distinta a como viví?” “¿No podías darle un rostro, para por lo menos poder ver al que siempre estuve destinada a querer, y a no tener?”
 No podía. No podía. No podía.
“¿No podías simplemente matarme? ¿Enterrarme una estaca el corazón magullado y dejarme deshacer para siempre, en el fin? Dejarme descansar, luego de la muerte de los míos. La vida difícil. El destino confuso y la única seguridad: el que tenía que sufrir.” “No podías….”
No podía.
“¿No podías olvidarme así nada más?”
El fin de la luz. La desolación. El respiro entrecortado, con los puños en el suelo. El tiempo, lo necesario. Mi pobre Legadema…
 Luego, la tranquilidad del respiro. Algo así como la aceptación. Los párpados, separándose lentamente. El alma, también.
                                                                                 La luz violácea, llamándola.
Las piernas, levantándose. Ya no había un dolor punzante. La aceptación, real. No podía hacer nada. Nunca había podido. El destino nunca había estado en sus manos, y nunca nada podría ser distinto. Tenía sólo lo entregado. El cabello lacio, los ojos amarillos. El corazón con un agujero, esperándose por llenar. Un amor, que no alcanzaba. Que veía, allá,  sin mirarla. Porque no podía alcanzarlo. Porque no tenía rostro. Porque no tenía nombre.  Porque sólo era su amor. Nada más.
Una certeza aún así: ella aún no debía morir.
Ella aún no debía olvidarse.
Ella debía estar así.
                                                                                                                                          Se asomó.
Entre lo eterno y la nada, allá al fondo, movimiento. Planetas y luces. Pesadillas y sueños. Rascacielos inmensos. Ciudades olvidadas, llenas de polvo. Más gente como ella, quizá. Personas, con recuerdos definidos. Momentos cruciales, demasiado humanos para arrancarlos. Atisbos de personajes, como ella, imposibles de arrancar de mi ser.

Legadema. Mi Legadema. Cuando esté listo, volveré por ti. 

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Luz

Los sentimientos de vacío ahora son sólo esbozos.
Los silencios brisas.
Los disgustos lloviznas.

La decepción ya no dura.
La incertidumbre despacio azota.
Tus sonrisas quedan,
en mí.

Por las promesas rotas se pasa.
Por el camino ya hecho se está.

Un hilo se rompe,
pero pendo de cien más.
Y nunca se deja de hilvanar.

Aunque de tu mirada me esconda,
e invente a mis ojos que los tuyos no son de verdad,
no logro prosperar,
sin darme cuenta de que en verdad estás aquí.

De que todo es cierto.
Y de que las caídas hacen más bonito el caminar.

De que las decepciones no me importan
Porque está todo lo demás.

Que me sostiene,
que me tiene y que me aguanta.
Y que sé que estará hasta al final.

Que los ocasos fines no significan,
porque en la noche tengo la luz
de tus estrellas para navegar.
Y llegar a la mañana,
sentir el sol en mi cara.
Y sonreír porque pude despertar.

Ahora la luz se cuela por las puertas.
Por los dolores.
Por las mentiras y las verdades.

Ahora los pájaron cantan en serio,
los sentimientos de los libros existen,
y creo que me conozco de verdad.

Conozco mis miedos,
mis vacíos,
mis verdades.

Y agradezco por conocerte a ti.
Por poder mirarte y tenerte.
Creerte y dejarte.
Correr y sentirte aún así aquí.

Por quererte y que me quieras,
y tener la suerte de saber
que lo importante está en mí.

Que viene luz de todas partes,
y que siempre se puede seguir.

Gracias a ti,
ahora soy feliz.


Eso si,
sé que todo lo que viene se va.
Es el equilibrio que en noche y en día deja a la vida.
Pero a esto mismo desafiaré.
A los dioses escupiré y al sol dispararé
si llego a saber que te irás.

Porque hasta la vida en penumbra es dichosa,
si tu estás aquí
Conmigo alumbrando,
la nada hasta al fin.

Flores de Madera

Las recojo cada día; me encantan. A pesar de que el día ande amargo o haya dormido poco o me haya ido mal en el trabajo, recojo una cada día o las quedo contemplando del árbol y me conformo con volver a ver a mi casa, luego, la que recogí el día anterior. Y me quedo a veces diez, quince minutos mirándolas, o juego con ellas: les saco uno, dos pétalos, o quizá qué cosa que sean, cáscara, semilla, y los rompo entre los dedos pensando en las cosas buenas del pasado o me las pongo en el pelo. Y me hacen feliz cada día porque siguen siempre iguales, y siento que cada día alguien me entregó un ramo que no muere, que no se marchita, un algo que no se pierde ni se muere con el tiempo y que brilla cada día como la primera vez.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Espino o clavel

Que el que sonría, dulce, a todos.
Que el que no hable ni, arrebatado, arremeta
y te diga

observaciones
pensamientos
sensaciones
que de ti tengo

y te toque
y me acerque
y exhale
el aire caliente
que contengo cuando estás aquí
o allá
o cerca
o lejos
motivo de bullir,
tú,
¡motivo de bullir!

y de esconderlo, yo,
por dentro,
tú no el motivo:
yo
yo
yo.
Contensión y capa
no son inexistencia,
¡disimulo!
Contensión y capa
no son disfraz:
es ser.

Gris por fuera,
porque así se es.
Sonriente a cada uno
porque así quiero ser.
Intentar estar oculto,
mas por dentro pesarme
que lo que más vital dentro mío
se ahoga
cada tiempo
y sentir
que cumplo el deber
mas no soy
porque me tinto con el "tengo que hacer".

¡Y me pigmento!
Y no soy ni negro ni blanco,
Me contengo
me mezclo
me amarillo
y doy por resultado algo que me contenta
por un lado
y que por otro
me dan ganas de vertirme
en aguas naranjas
y ser
sin estar.

¡Y no soy camelia!
No heme hecho para admirar,
¡no soy carnero!
No me acercaré y te tocaré las manos
sólo por placer.

¿Y soy acaso?
Ruda
Malta
Clavel.

¿Y soy acaso?
Agua turbia.
Tuna punzante;
espino.

Espino y de cara clavel.

Jarra tosca y simple, al parecer llana
pero amena
¡con agua hirviendo que si mucho acercas
te va a caer!

Y cómo quieres que no contenga
si así no ayudaría
Y cómo quieres que contenga
si así el cuerpo del erizo irían a tocar
¡Y dejarían marca!
En mí,
¡podrían dejar marca!

Quemarme el pecho, otra vez,
y tras la camisa a cuadros volver a esconder
el hastío del amor púnico
que el agua hirviendo mi propio cuerpo
-a ningún otro-
quemó

¡y seguir sonriendo!
¡y seguir sonriendo!
¡y seguir sonriendo!
!y seguir sonriendo!

martes, 5 de noviembre de 2013

Canto de Arrebato al Futuro Rey

I

¡Quién hizo al hombre tan disímil como el canto del viento!
A ti, destructor de la patria
veneno del vástago de la posible grata hierba,
a ti, ¡que separas el mar del cielo!

Te maldigan los cantos de mis tías muertas,
¡mentiroso!
Te inculpen de los pecados que pocos como yo,
saben que llevas en el corazón
Bíblico traidor.

Hombre de lo obstuso
que se oculta entre las risas
hombre de las promesas
que en un Universo ajeno podrían ser verdad
¡porque aquí yo he vivido tu obra!
Yo, soy yo, ¡aquél que el pecado de tu hijo vivió!

Pescador, hombre de palabra.
Hombre de las olas, que no desea mal
¡sólo yo!
Que he errado en la vida.
Que soy cualquiera hijo del Señor,
que se ha equivocado y ha intentado enmendar
como el apaciguamiento luego de la tormenta  me enseñó.

Y yo viví la mentira,
¡la traición!
Como el erizo que se despliega dentro de las vísceras,
el único en el que había confiado habló;
desató el desastre.
¡Y murieron los peces!
El secreto que escondía se develó:
arremetieron contra las barcas los calamares.
Mi vida
mi obra
mi secreto
que sepultado generaciones bajo el mar había estado
contra los hombres arremetió.
¡Y mi pueblo devino en ruina!

Mi compañero, ¡el único amigo!
El hombre del corazón de coral
naranjo óxido
apunto de quebrarse
por la pena que sentía.
El compañero de noches de dos remos
el que depositaba su rostro en mi hombro al tiempo
que lo consolábamos yo y la mar.
Cuyas lágrimas en mi piel sentía
cálidas
y caían en el océano para consuelo encontrar.
El marinero en que deposité el alma viéndose aplastada
por las pinzas del ingrato cangrejo.
El impío que con sus ojos negros de muerte
mirándome a los ojos
ante el nombre de su padre palideció.

¡La imagen olvidada!
El atrevimiento contra lo que más quería.
La máxima traición.
El par de ojos más tristes que al horizonte hayan apuntado
el acontecimiento irracional
que mi pueblo intentó olvidar.

El personaje lastimero de mi vida que pasó:
el tritón infectado
por una tristeza enorme
por el agujero que el dominio de su padre
siempre supuse causó.

El nombre que mencionó en las noches de luna,
entre el sonido de las olas,
diciendo que le había hecho tanto daño.
El hombre cuya identidad soltaba
trémulo
antes de apretar los puños y mirarme hasta hacerme doblegar de compasión.

Ahora, ante la luz del nuevo centenio.
Ante la promesa de la nueva dinastía.
A la espera de la coronación del próximo gobernador
yo aún recuerdo el nombre olvidado.

Futuro rey de Sufokia:
eres el padre del hombre que la peor de las traiciones cometió.