El convento ajeno me cobija:
No es mío
No es mío.
En mi mente recuerdos abundan
pero callo.
No es mío
No es mío.
Imagen del loco blanco y negro
torturado luego de que lo amé.
Recuerdos en diarios; las drogas no aplacaban.
Recuerdos del amigo lapidado en clandestinidad.
Y contemplar bajo el cerezo
la primavera que odiábamos.
Y conversar y discutir
centrada en tu mirada intensa:
correr aferrando tu mano
del grito beligerante de los que un día te iban a matar.
No es mío.
No es mío.
Los deseos de apretarte el lacrimógeno cuerpo
y que me protegieras a mí
y no al mundo,
¡qué egoísta!
Tu aroma a oscuro clavel silvestre;
remembranza del sabor que no sentí.
No es mío
Quizá jamás lo fue.
Y vestirme de negro entera
por el luto escondido
y rendir y sacar cuentas
de las huérfanas a las que ahora enseño francés.
Y no poder evitar acordarme de ti.
La falta de un nombre,
¡el arrebato!
la vida sin memoria
nadie que los pueda recordar
Madres ovilladas
llorando.
Las de ellas en un puterío cualquiera
la tuya repudiada en París.
Y nadie más.
Todos muertos:
bajo tierra, agua, arena, el fusil.
Igual que tus fotos
Que nuestras cartas mundanas
firmadas por tu nombre borrado para siempre
en la historia de la patria
firmadas por el nombre con que tú me llamabas
y yo abandoné.
No es mío.
No es mío.
Y pasar el día rezando a dios ajeno
enseñando
dictando
sonriendo
una historia que no es mía y jamás lo va a ser.
Y sentarme recostada
en el tronco del cerezo
a recordar la piel que habité:
tu voz ronca cuando enojabas
el ímpetu al hablar de los demás
el tálamo jamás compartido;
el amor azul.
Y llegar al verano embustero
y yo recordar
el mutuo sudor generoso,
la risa ante el hurticante agua que
ante la última causa
no nos importaba realmente evitar.
Mi pelo
tomado
tus brazos
besarlos
Y que arribe el ansiado otoño
enciérreme en el armario
y junto a la estufa a parafina
recuerde el añorado olor a barricada
presente la última vez que amar lo que hacías
tu lucha
la lucha de todos
la razón de tu vida
el corazón de ti.
Y re-pensar seudodrogada
en las posibles formas
de vivir sin ti:
el par de nombres que tomé
la cuasi-adicción que a nada me llevaba
el vagaje
el quebranto del alma.
Y volverte a sentir
—¡ampárame Dios ante la vida ahogada!—
y atontada sentir
que vuelvo a la imagen
en que encapuchado del color de tu dejo
por última vez amando
te vi.
sábado, 29 de marzo de 2014
domingo, 23 de marzo de 2014
Íntimo
A las mujeres las entierran solas... parecen estériles...
Ay, dónde queda,
la alegría de niños en su primera salida
junto al curso en etapa escolar,
ay,
ay,
ay.
Y por qué hacerlas!
Por el puro placer.
Y por qué no hacer?
...
Y por qué no hacer
y por qué no hacer.
Porque no soy fértil,
¡de mí no mana nada!
Ay de mí,
el íntimo invierno.
Ay de mí, ay de mí,
el largo aliento;
y los pesos son percibidos de manera individual
Ay, dónde queda,
la alegría de niños en su primera salida
junto al curso en etapa escolar,
ay,
ay,
ay.
Y por qué hacerlas!
Por el puro placer.
Y por qué no hacer?
...
Y por qué no hacer
y por qué no hacer.
Porque no soy fértil,
¡de mí no mana nada!
Ay de mí,
el íntimo invierno.
Ay de mí, ay de mí,
el largo aliento;
y los pesos son percibidos de manera individual
sábado, 8 de marzo de 2014
Sol del litoral
Tus ideales claros se filtran por tu mirada de obsidiana, sol del litoral. En tus manos se generan mundos, completos; yo los veo. Cuando mueves las perillas del telescopio, como jugando al borde de tu ventana, con ese ceño en tu cara un poco fruncido que sólo se iguala al que pones cuando discutes, con tus amigos, bebiendo cerveza perdida por la ciudad. Esos vientos, suaves, que se hacen cuando tiendes la ropa; cuando acaricias tu gato pensando en quién.
Quién fuera astro bendito para poder haber ungido, tocado aunque fuera solo una vez, tu cuerpo: y haberlo abrazado de ese halo de aves gráciles que te colinda, colibrí.
Quién fuera la mejor báltica o el más fuerte whisky, hija de esteparios, que tu Verdad tocara y al quebranto de tu alma hiciera hablar.
Tú, que llevas el estandarte de la victoria: cuando escribes, cuando hablas, cuando vas a comprar el pan. Yo, que corro y me siento junto al que haya en la escalera, sólo para verte pasar. Y me saludas, y a veces sonríes; cómo olvidar cuando encrespaste los ojos luego de esa vez que, con tu hermano, pasaste con un volantín del Wanders y por ser del mismo equipo despejé la vía y te dejé pasar. Cómo creerle a tal mentira: sería como pensar que uniéndome al séquito de admiradores, de amantes vacíos cuyos labios tocas, te haría un poco más feliz.
Y es que te admiro hace años, desde la calle de la casa naranja que de la tuya está un poco más allá, por si uno de estos días con tu paso seguro y tu mirada de universo frente mío quieres pasar. Como un regalo, claro. Y es que te conozco de tanto que te he mirado y oído, y sé que sólo el nombre de Él tu ademán de trotamundo hace temblar.
Y tú, que eres el sol del mundo, y que te encuentro a veces suspirando sin consuelo. Y yo, que sólo quiero hacerte feliz.
Y tú, que del cerro te viras: por más comodidad, un jardín. Y yo, que pensaré siempre en ti. Pero, no te preocupes, que las caléndulas en el patio de tu amiga han sido sólo el comienzo. Y es que, como buen aprendiz de jardinero, me he encargado de convencer a Teresa en la micro sobre las avellanas y sus bondades, para que cocine y te alegre sin darse cuenta. Y eso es sólo una parte: ya verás como, al llegar la temporada, luego de una noche inmensa en que espero no estés triste, abrirás las cortinas y verás cómo se ha llenado de lavandas tu jardín.
Quién fuera astro bendito para poder haber ungido, tocado aunque fuera solo una vez, tu cuerpo: y haberlo abrazado de ese halo de aves gráciles que te colinda, colibrí.
Quién fuera la mejor báltica o el más fuerte whisky, hija de esteparios, que tu Verdad tocara y al quebranto de tu alma hiciera hablar.
Tú, que llevas el estandarte de la victoria: cuando escribes, cuando hablas, cuando vas a comprar el pan. Yo, que corro y me siento junto al que haya en la escalera, sólo para verte pasar. Y me saludas, y a veces sonríes; cómo olvidar cuando encrespaste los ojos luego de esa vez que, con tu hermano, pasaste con un volantín del Wanders y por ser del mismo equipo despejé la vía y te dejé pasar. Cómo creerle a tal mentira: sería como pensar que uniéndome al séquito de admiradores, de amantes vacíos cuyos labios tocas, te haría un poco más feliz.
Y es que te admiro hace años, desde la calle de la casa naranja que de la tuya está un poco más allá, por si uno de estos días con tu paso seguro y tu mirada de universo frente mío quieres pasar. Como un regalo, claro. Y es que te conozco de tanto que te he mirado y oído, y sé que sólo el nombre de Él tu ademán de trotamundo hace temblar.
Y tú, que eres el sol del mundo, y que te encuentro a veces suspirando sin consuelo. Y yo, que sólo quiero hacerte feliz.
Y tú, que del cerro te viras: por más comodidad, un jardín. Y yo, que pensaré siempre en ti. Pero, no te preocupes, que las caléndulas en el patio de tu amiga han sido sólo el comienzo. Y es que, como buen aprendiz de jardinero, me he encargado de convencer a Teresa en la micro sobre las avellanas y sus bondades, para que cocine y te alegre sin darse cuenta. Y eso es sólo una parte: ya verás como, al llegar la temporada, luego de una noche inmensa en que espero no estés triste, abrirás las cortinas y verás cómo se ha llenado de lavandas tu jardín.
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