Palabras. Caricias. Compañía. Situaciones. Todo
junto a ti. A tus tardes interminables que en las calles se hacían también
mías, y en las noches en que no existía la compañía de nadie más.
Tu calor. Tu ritmo. Tu risa. Lo tuyo me acompañaba
cuando andábamos juntos, cuando te acompañaba… en tus penas, en tus glorias.
Todo venía y se iba, junto a ti, cuando me dejabas, aguardando. Pero había algo
que se quedaba, que me llenaba y no se iba: tu aroma.
Desde el día en que me tomaste del montón de
clones mías y me hiciste distinta. Especial. En que me estrechaste y me miraste
con luz en los ojos. Desde el momento en que dijiste que yo era para ti. Y
estreché tu cuerpo, y eras tibio. Y escuché lo que tarareabas, y eras
desafinado, pero bueno. Y conocí tu nombre de parte de los otros hombres, a los
que te dirigías como iguales, no como a mí.
Pero eso no me importaba, porque yo era tu compañera. Constante, de tela
verde. Leal y estrecha. Resistente, como tú me impulsabas a serlo, y es que tu
aroma olía a seguridad. A hombre bueno. Y olía a trabajo y esfuerzo y
perseverancia. Y a cansancio, sudor y desamparo. Y es que sufrías, como todo
hombre. Ante las miradas del resto, los
insultos, los propios errores. Y es que no te trataba bien la vida, pero aún
así seguías. Fumando como un loco, recorriendo las calles, buscando trabajo y
amparo. Y hubo días en que sólo tú y yo estábamos, a la suerte del destino, con
frío, miedo y lluvia, pero en los que aún así feliz yo continuaba, porque te
amaba. Y sola, en el armario, con tu recuerdo, no existía la soledad. Porque te quería. Y tu aroma me
recordaba cada segundo lo que era la felicidad. El amor. Ser uno con el otro, y
que no importara el pasado. El ayer
encerrada en una bodega, ensamblada. Supuestamente completa por estar hecha de
uniones de tela, por tener una utilidad definida y ser igual a mil más, pero
siendo desgraciada, por no ser especial. Para nadie. Absolutamente nadie. Pero,
ahora era tuya. Y me querías. Sentía que me querías, de verdad. Y por este
afecto tuyo era que ahora me sentía distinta. Completa. A pesar de que hubiera
cientos y miles de iguales a mí, yo ya no era igual. Llevaba una parte tuya en
mi día a día, mis bolsillos amparaban tus pertenencias, y tenía en cada una de
mis raspaduras una historia, de los dos, que contar.
Pero, tras un tiempo, llegó el día que tarde o
temprano siempre llega. En que el destino confabula en lo que parece
coincidencia, pero que, luego de pensar, te das cuenta de que era algo tenía
que pasar. Y es que estábamos los dos, como siempre, en nuestras andanzas. En
un día en que el sol pegaba fuerte, viniéndonos en colectivo de una venta
infructuosa. Tú, enojado, yo, sin novedad. Quizá que pasaba por tu mente en el
momento. ¿Habrá sido accidental? ¿Habré hecho algo mal? ¿Qué habrás estado
pensando en el instante en que me arrancaste de tu espalda, me dejaste a un
lado, te sacudiste, te levantaste y te fuiste, sin más? Mientras yo te vía,
incapaz de llorar por mi condición de prenda inanimada, pero pudiendo aún así
sufrir, desesperada. Porque de tanto andar contigo ya tenía un alma. Que se
alargaba, comprimía y apretaba. Y que finalmente se destrozó, cuando te vi
partir. Bajar de la micro, y tener que recordar para siempre ese momento como
la última vez en que te vi. Y todo lo que vino después fue nuboso. Pasar de un
asiento a otro, de mano en mano, de la calle a un cartonero y de un cartonero a
cualquier otro lugar. Y ser manoseada por un sinfín de hombres, que olían a
cosas que no me gustaban. A mentiras, soberbia y traición. Tener que volver a
ser una prenda cualquiera, igual que todas las demás. Pero, aún así, no importa
que te hayas ido.
Hoy en día, descansando al fondo de un tacho de
ropa usada, aún feliz me siento, porque tengo un consuelo inmenso en mis bolsillos.
Una boleta arrugada por tu mano izquierda. Un encendedor que anduvo cerca de
tus labios. Además, un dejo de aroma intenso y penetrante, a hombre bueno, en
mi cuello desgarrado. Un perfume que me acompaña día a día, entre las sombras,
en mi soledad. Que hace que todo parezca
bueno, y que permite que siga sin mi futuro cuestionar. Porque ya feliz he
sido, y no creo que pueda pasar nada que me quite esta seguridad. Y es que es
mejor haber amado y perdido, ya que con los recuerdos propios nunca se está
realmente solo, ni se deja nunca de ser especial.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario