jueves, 5 de diciembre de 2013

Al Amparo de Andrés

Palabras. Caricias. Compañía. Situaciones. Todo junto a ti. A tus tardes interminables que en las calles se hacían también mías, y en las noches en que no existía la compañía de nadie más.

Tu calor. Tu ritmo. Tu risa. Lo tuyo me acompañaba cuando andábamos juntos, cuando te acompañaba… en tus penas, en tus glorias. Todo venía y se iba, junto a ti, cuando me dejabas, aguardando. Pero había algo que se quedaba, que me llenaba y no se iba: tu aroma.

Desde el día en que me tomaste del montón de clones mías y me hiciste distinta. Especial. En que me estrechaste y me miraste con luz en los ojos. Desde el momento en que dijiste que yo era para ti. Y estreché tu cuerpo, y eras tibio. Y escuché lo que tarareabas, y eras desafinado, pero bueno. Y conocí tu nombre de parte de los otros hombres, a los que te dirigías como iguales, no como a mí.  Pero eso no me importaba, porque yo era tu compañera. Constante, de tela verde. Leal y estrecha. Resistente, como tú me impulsabas a serlo, y es que tu aroma olía a seguridad. A hombre bueno. Y olía a trabajo y esfuerzo y perseverancia. Y a cansancio, sudor y desamparo. Y es que sufrías, como todo hombre. Ante  las miradas del resto, los insultos, los propios errores. Y es que no te trataba bien la vida, pero aún así seguías. Fumando como un loco, recorriendo las calles, buscando trabajo y amparo. Y hubo días en que sólo tú y yo estábamos, a la suerte del destino, con frío, miedo y lluvia, pero en los que aún así feliz yo continuaba, porque te amaba. Y sola, en el armario, con tu recuerdo, no existía  la soledad. Porque te quería. Y tu aroma me recordaba cada segundo lo que era la felicidad. El amor. Ser uno con el otro, y que no importara el pasado.  El ayer encerrada en una bodega, ensamblada. Supuestamente completa por estar hecha de uniones de tela, por tener una utilidad definida y ser igual a mil más, pero siendo desgraciada, por no ser especial. Para nadie. Absolutamente nadie. Pero, ahora era tuya. Y me querías. Sentía que me querías, de verdad. Y por este afecto tuyo era que ahora me sentía distinta. Completa. A pesar de que hubiera cientos y miles de iguales a mí, yo ya no era igual. Llevaba una parte tuya en mi día a día, mis bolsillos amparaban tus pertenencias, y tenía en cada una de mis raspaduras una historia, de los dos, que contar.

Pero, tras un tiempo, llegó el día que tarde o temprano siempre llega. En que el destino confabula en lo que parece coincidencia, pero que, luego de pensar, te das cuenta de que era algo tenía que pasar. Y es que estábamos los dos, como siempre, en nuestras andanzas. En un día en que el sol pegaba fuerte, viniéndonos en colectivo de una venta infructuosa. Tú, enojado, yo, sin novedad. Quizá que pasaba por tu mente en el momento. ¿Habrá sido accidental? ¿Habré hecho algo mal? ¿Qué habrás estado pensando en el instante en que me arrancaste de tu espalda, me dejaste a un lado, te sacudiste, te levantaste y te fuiste, sin más? Mientras yo te vía, incapaz de llorar por mi condición de prenda inanimada, pero pudiendo aún así sufrir, desesperada. Porque de tanto andar contigo ya tenía un alma. Que se alargaba, comprimía y apretaba. Y que finalmente se destrozó, cuando te vi partir. Bajar de la micro, y tener que recordar para siempre ese momento como la última vez en que te vi. Y todo lo que vino después fue nuboso. Pasar de un asiento a otro, de mano en mano, de la calle a un cartonero y de un cartonero a cualquier otro lugar. Y ser manoseada por un sinfín de hombres, que olían a cosas que no me gustaban. A mentiras, soberbia y traición. Tener que volver a ser una prenda cualquiera, igual que todas las demás. Pero, aún así, no importa que te hayas ido.

Hoy en día, descansando al fondo de un tacho de ropa usada, aún feliz me siento, porque tengo un consuelo inmenso en mis bolsillos. Una boleta arrugada por tu mano izquierda. Un encendedor que anduvo cerca de tus labios. Además, un dejo de aroma intenso y penetrante, a hombre bueno, en mi cuello desgarrado. Un perfume que me acompaña día a día, entre las sombras, en mi soledad.  Que hace que todo parezca bueno, y que permite que siga sin mi futuro cuestionar. Porque ya feliz he sido, y no creo que pueda pasar nada que me quite esta seguridad. Y es que es mejor haber amado y perdido, ya que con los recuerdos propios nunca se está realmente solo, ni se deja nunca de ser especial.

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